Acaba de reunirse en España el II Congreso sobre la Felicidad que patrocina el Instituto Coca-Cola de la Felicidad –no es coña—y en el que una pléyade de sabios hispanos, como conjurados contra la crisis y sus efectos, han divagado, como era de esperar, sobre ese no-concepto que persiguen los hombres conduciéndose unos a otros como cuerda de ciegos. Mi venerado Epícteto sostuvo que la felicidad no consiste en conseguir esto o lo otro sino en no desear nada, más o menos en línea con Diógenes el Can, aquel que le dijo a Alejandro que no lo quitara el sol y se fuera con viento fresco en busca de los brahmanes, seguramente convencidos, ellos como tantos otros antes y después, de que la mente es capaz de imaginar lo inexistente dado que, una vez puesto en circulación el concepto, ya se encargarán los razonantes de buscarle los tres pies al gato imaginario. Sé poco sobre esta convención, apenas algunas recetas y elucubraciones, como esa de Punset, de que la felicidad es la ausencia del miedo, una peligrosa sentencia en la medida en que hace del temerario un paradigma del hombre feliz, o esa otra de un psicopatólogo que propugna una triaca dichosa basada en el equilibrio “de tres a uno” entre la felicidad y el sufrimiento, aparte de ciertas aseveraciones de aire sapiencial como la de un monje budista que receta quince minutos diarios de meditación como panacea para acercarnos al éxtasis o la conclusión de Luis Rojas-Marcos de que la locuacidad, sobre todo la femenina, aumenta la esperanza de vida. ¡Hay que ver lo que son capaces de hacer los sabios con tal de alargar el currículo! Hay que decir, en todo caso, que el numerito no es nuevo sino que cuenta una prolongada tradición entre los pensadores aparte de ser una ilusión eterna para el común de los mortales. Hay mucho desgraciado a causa precisamente de su fracaso al buscar esa soñada felicidad que vemos muchas veces en los otros pero nunca sentimos del todo –salvo en instantes fugaces—en nosotros mismos. No me acuerdo del tenor de las frases pero sí de que Kierkegaard dijo que no hay más felicidad que la pasada y que Rostand afirmaba que no existía la felicidad inteligente.

Nuestros sabios de hoy, como los de antier, no hacen sino prolongar una tradición de pensamiento –y un ideal—surgido en la vieja Grecia y difundido hasta llegar a la Ilustración por el influjo cristiano, y alcanzar, finalmente, esta problemática actualidad que estamos viviendo, sin dejar nunca de plantear su inasible concepto como si fuera una rotunda realidad. San Bernardo escribió en su divisa: “Beata solitudo, sola beatitudo”. Los sabios de hoy, justo al contrario, se reúnen en tropel para buscarla.

1 Comentario

  1. Filosófica página nos tocó hoy, muy agradable y amena.Desde luego la felicitad es un instante fugitivo, pero pueden haber varios , repetidos y a corta distancia temporal…
    Para mi,lo mas importante es la serenidad. Con estar sereno ya se tiene uno todo ganado.
    Besos a todos

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