No es nuevo el hecho de que al sabio se le encasquille el cacumen en un tema que acaba convirtiéndose en  su manía. Trata un asunto y, en el caso, de que el éxito corone su esfuerzo, acaba considerándolo exclusivo, en especial si ese éxito lo deslumbra con el espejismo de la fama. De Richard Dawkins recuerdo el entusiasmo con que, a mediados de los 79,  leímos “El gen egoísta”, con su atractiva teoría de los “meme” frente a los genes que, hasta cierto punto, nos liberaba del determinismo que se abría paso por entonces (y ahora) a galope tendido, y cómo, ya al filo de los 90, seguimos su controversia con el viejo William Paley, aquel apologista que fue el primero, que yo sepa, en sugerir formalmente la idea del “diseño inteligente” como obra de un relojero –que todavía le recordaban a los niños de mi generación los catequistas– en una obra tan celebrada como “El relojero ciego”. Dawkins era de esos darwinistas urgidos ante la parsimonia de la razón dialéctica y, en efecto, andando el tiempo, ha terminado tirando por la trocha más corta en su empeñada campaña ateísta que no se ha  conformado con exhibir en los autobuses de Londres o Barcelona, sino con la que ahora anda tratando de seducir a la santa infancia a base de enfrentarla a la procelosa incertidumbre que parece lógico reservar a los adultos. En el Albert Hall nada menos ha protagonizado una tenida con este propósito aunque, todo haya que decirlo, también para publicitar su nuevo libro, “La magia de la realidad”, y su propuesta consiste en oponer a la mirada inocente las mismas impenetrables oscuridades ante las que el adulto avezado puede reaccionar pero sin lograr nunca, ésa es la puñetera verdad, despejar el último pelotazo. Pocas cosas tan inconvenientes para el intelectual como la obsesión. Ninguna tan fútil como la controversia religiosa.

La evolución es, según Dawkins, como una “magia lenta” que pausadamente va modelando a los seres de una manera que al sabio le parece “poética” por más que se vea incapaz de aportar a la curiosidad las últimas y decisivas respuestas. Los niños deben sumergirse en ese magma metafórico y renunciar lo antes posible a la experiencia trascendente. Dawkins ve en ello una suerte de salvación de la Humanidad y, quizá por ello pero por nada más, atribuye a su cruzada cierta legitimidad científica, desde una curiosa heurística más dependiente de la pasión que del conocimiento. Nunca entenderé por qué talentos tan eminentes se desperdician en empeños tan repetidos y, por supuesto, imposibles de consumar. ¿Quizá por abarrotar el Albert Hall y salir a hombros editoriales? Si por eso fuera, me daría mucha lástima alguien a quien tanto admiro.

10 Comentarios

  1. Otras veces ha sacdo el tema Dawkins el sr. gomez marin, y no me extraña porque el caso es llamatiblo y como dicen en Cádiz un poco “jartible”. Lo que me extraña es que nunca haya dicho nada de su amigo Puente Ojea, que es igual o más fanático que Dawkins. ¿Por qué a unos se les disimula lo que a otros se les reprocha? Yo que creo que el sr. gz. mrn. es un hombre equlibrado y al que no le faltan agallas, tengo esa duda.

  2. La obsesión que se critica –y que tan relativamente preocupa a los sabios en general– es sin emnabrgo muy antigua, tanto como Protágoras por lo menos. Pero hay que reconocer que cada día tiene menos sentido en un mundo de tan fabulosa complejidad y ante un proceso de evolución tan desatado como el que lleva la tecnología y la propia Ciencia, dedicarse a conjurar ángeles no resulta muy cuerdo. Dawkins, además, ha encontrado su particular forma de “reinventarse”, cosa extraña en quien ya obtuvo los mayores honores como científico.

  3. Tema demasiado serio para un sábado sabadete. En cuanto a la nombradía, señor Akela, me parece que no hace al caso. Los dos son igualmente tenaces, por decirlo suavemente, y ambos han consguido cierta notoriedad con el asunto. Y debo decir, por rteferencia al, en efecto, amgio de ja, Puente Ojea, que fue en sus inicios un excelente ensayista. Lean nsu estudio sobre el cristianismo primitovo, editado en los buenos tiempos de Siglo XXI…

  4. Cada loco con su tema. Tanto rechazo siento por el ateísta como por el apologista fanático. Creo que las cosas del alma son demasiado sutiles para prestarse a ser clavadas ne la puerta como hace el entomólgo con la mariposa. Déjennos en paz, señor Dawins y compañía, tanto como los de enfrente. ¿O es que no somos ya mayorcitos la mayoría?

  5. Hay mucha gente que plantea como problema lo que no son sino aporías. ¿Qué sentido tiene “investigar” la existencia de Dios desde la Ciencia? Creo que ninguno, como sostengo que la Teología no puede contarse entre las ciencias. Dejan a los hombres enfrentarse a su conciencia. A solas, sin es posible, sin intromisiones y, sobre todo, sin presiones. Cuando se ha intentado arrancar de raíz la Religión ya sabemos que no ha sido posible. Miren lo que está suciediendo en Rusia, a pesar de la secularización general del mundo. O lo que ocurrió en España tras el intento frentepopulista. A mi me gusta la última frase porque demuestra finura de espíritu y tolerancia hasta con los intolerantes.

  6. Buenos días nos dé Dios, inlcuido míster Dawkins, a quien yo también he leído con interés, coimo sabe don ja, hace bastante tiempo. ¿Por qué esa beligerancia? Hoy mismo leo a un Gala desenfrenado su recuadrito en El Mundo dedicado a negar la existencia de Dios y a ridiculizar la propia idea de la divinidad con argumentos que huelen a naftalina de lejos. A nadie se le han de imponer sus ideas, pero A NADIE, quede claro.

  7. Desde el agnosticismo discreto, estas cosas no se comprenden. Que un sabio pierda su tiempo en teologías –porque teologías negativas son al fon y al cabo eso que hacen– no tiene sentido para mí al menos. Parece que les va en ellos la vida o algo muy importante, no de su propia salvación (humana o divinal) sino de la ajena, que ya es el colmo.

  8. Qué empeño, Dios, qué cerrilidad. Los agnósticos, incluso no pocos ateos, vemos en esos militantes una anormalidad. Ya podría haberse quedado Dawkins, como bien se sugiere, en sus biologías. Es penoso v er a un sabio dedicado a dar mítines contra los sentimientos ajenos.

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