Nuestros nietos tendrán, como tuvimos nosotros en su día, tres reválidas por delante, una al finalizar la “primaria”, que nosotros llamábamos “examen de ingreso”, otra al término de la fase “elemental”, que fue nuestra primera reválida, y una tercera, que había que enfrentar tras superar el bachillerato superior, y en la que se trataba de acercar al alumno a ese planeta de los estudios superiores garantizando que en la memoria iba intacto lo aprendido durante todos esos años. Las reválidas han ido y venido por nuestros “planes de estudio” que fueron todos –desde el Reglamento de 1821, los planes del Duque de Rivas y de Pidal o la Ley Moyano del 57—fruto e instrumento de porfías ideológicas entre los diversos partidos aunque sin llegar a la rígida politización impuesta por el franquismo ni a la versión secularizada, digámoslo así, del intento sociata de cierta controvertida asignatura– , cambios que dañaron, cada cual a su manera, la conservación inalterable de la enseñanza. Las “reválidas”, sobre todo la anterior a la reforma de Ruiz-Jiménez de 1953, que se llamaba temerosamente “Examen de Estado”, constituían un auténtico “rito de paso” en virtud del cual quienes lo superaban conseguían de modo automático, aparte del tratamiento de “don”, el privilegio de alcanzar una Universidad no poco clasista todavía tras superar todavía un incierto curso intermedio de adaptación que duró lo que pudo resistir su misma evanescencia. Y hoy vuelven esas pruebas, imaginamos que desritualizadas en lo posible, y en las que esperemos que lo que se busque sea ratificar el fondo de saberes bachillerescos sin recurrir a la rígida truculencia de los viejos tribunales. Hoy no habría tiempo ni circunstancia para aquellos montajes en el que el catecúmeno debía responder a cualquier materia ya aprobada y elegida al azar.

La educación ha ido tendiendo a la facilidad, estoy convencido de que por razones electorales, pero la recurrencia a las viejas reválidas no debería restaurar aquel medroso aparato sino, más bien, comprobar en términos generales la solvencia conseguida por el alumno. Hemos extraviado en buena medida a un par de generaciones con la engañifa del “buen rollito” y se trataría ahora de restablecer la exigencia razonable de esfuerzo y recompensa. Un país es su bachiller, me dijo en una ocasión Ridruejo. Nunca he olvidado tan osada como certera visión.

1 Comentario

  1. He vivido a pie de obra -con excedencias, con doble oficio- la transformación de la la enseñanza pre-universitaria en la jodida Pieldetoro.

    Desde la ley Villar del 70 -la EGB, todos los niños «bachilleres elementales»- hasta las kgdas, Lode, Logse y similares. Al ser torpe expresando conceptos, déjenme que me explique con parábolas (reales).

    A mediados de los sesenta, un inspector de primaria te ponía firme y en primer tiempo de saludo por cualquier nimiedad. En ucedeos tiempos, que existieron, los inspectores pasaron a llamarse «Ins. Técnicos» y podías recurrir a ellos en dudas o pleitos. En los primeros años del siglo, los inspectores ya eran los supercomisarios de los comisarios políticos que había en cada centro docente. Fui gloriosamente expedientada y sancionada, con lo que mi hoja de servicios es casi una laureada.

    No se podía mirar mal a un alumno, porque la Ampa -manda webs- manipulada y dirigida por papás y mamás de férrea disciplina partidista- te ponía mirando p’Albacete en un plis plas. Eso sí, una madre coraje -véase el corto «Carmina o revienta»- podía rajarle las cuatro ruedas del carro a una profe… y no passsaba ná.

    Gracias por las bienvenidas. (¿merecidas?)

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