Nos ha dicho Miquel Roca en su brillante intervención en las “Charlas de El Mundo” que claro está que vamos a salir de la crisis, pero que, desde luego, vamos a salir muy diferentes de cómo en ella entramos. No mejor ni peor, sino distintos, lejanos ya del modelo optimista de vida que llegó a entrever la “new age”, definitivamente obligados a basar la identidad y el papel de los europeos en el talento y, en consecuencia, en la formación de las nuevas generaciones. Nos hacen falta sabedores, expertos en cada necesidad social, gente en posesión de la vieja “metis” griega en la que los clásicos veían la piedra angular de su orden colectivo, y para ello habrá que potenciar no sólo la educación –hoy, como sabemos, postrada en buena medida, fracasada como sistema—sino también el esfuerzo superior en el ámbito de la investigación científica. Lo dice justo en un momento en que, junto a las vehementes protestas de nuestros investigadores por la mengua de sus presupuestos, acabamos de enterarnos de que España ha escalado posiciones en el ránking de la Royal Society hasta descrestar a Rusia y Australia, por ejemplo, pero a un ritmo muy lento si la comparamos con el que viven sociedades como la iraní, la china o la india, la brasilera o la mexicana, aparte de otras varias en el sudeste asiático, África del norte u Oriente Medio. Si queremos mantener la presencia europea –pensar en presencias aisladas resulta ya inconsecuente—habremos de empezar por abajo, presionando sobre la población escolar absentista o fracasada, al tiempo que tratar con munificencia a nuestros futuros sabios, hoy más interdependientes que nunca en el marco de la comunidad científica mundial. No es chica tarea, la que nos queda. Roca dice que sólo ella puede conservarnos nuestro digno papel histórico como ámbito continental. Hoy Menéndez Pelayo tendría que enfatizar el papel de la ciencia europea y no ya de la española, pero es probable que, en poco tiempo, ni esa delimitación baste ya ante la galopante universalización del saber.

 

O europeos o nada, o instruidos o fracasados. Sólo la formación proporciona el instrumento del desarrollo y eso parecen haberlo comprendido mejor que nadie los países llamados “emergentes” que hoy nos miran (vuelvo a citar a Roca) como ayer los mirábamos nosotros: con preocupación. Ver destacar entre ellos a Irán resulta especialmente elocuente a la hora de aceptar que tal progreso depende sin más de la voluntad política. Comprobar que España mejora por debajo de Turquía es, en cambio, desconcertante. ¿Habrá que recordar a Ramón y Cajal haciendo sus preparaciones con sus propias cuchillas de afeitar? El progreso científico condiciona hoy nuestra supervivencia como en su día las lanzas de Flandes o el oro americano.

1 Comentario

  1. Eterna cuestión ésta de la cicneia española, y me alegro que cite a don Marcelino. En España no se cree en el valor del conocimiento, se estima más la astucia, la listeza. ¡Ése es un lince!, suele decirse admirativamente; casi ninca “¡Ése es un sabio!”. Y no saben que ello tiene efectos económicos además de sociales. En este momento no creo que pueda esperarse nada que no provenga del propio voluntarismo de los científicos.

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