Ni falta que hacen este año las serpientes de verano con tantas y tan sonoras dimisiones de altos cargos. Pero se equivocan probablemente los cenizos que ven en ello señales de fragilidad en el pacto que sostiene al “Gobierno del cambio”: bastantes más dimisiones lleva superadas Trump y sobran indicios de que volverá a ganar las elecciones.  Lo que sí es nuevo es el ruido, el triquitraque de las despedidas, el ácido tardío que largan los dimitidos al tiempo que se rebrican contra los que de verdad mandan. Algo que no pasaba hasta ahora en un “régimen” sin réplica en el que el verbo dimitir no se conjugaba y que apenas toleraba a los disidentes  los cencerros tapados. Tranquilos, pues, que ya vendrá septiembre.

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