Circula por la Red intensamente la leyenda de la aportación nazi a la lucha contra el tabaquismo, no tan legendaria a juzgar por la amplia bibliografía que se está difundiendo para probarla. ¿Sabían que Hitler pasó de ser un fumador impenitente y compulsivo a fanático promotor de la prohibición y que incluso llegó a financiar íntegramente de su bolsillo alguna de las iniciáticas emprendidas? Pues así parece ser que ocurrió, a pesar de que el monstruo tuviera que tragarse en casa –no puede uno quedarse en pijama, está visto—la fumarola constante que emanaba Eva Brown, competidora en eso de la fanática Magda Goebbles y de un Goering que trató de erigirse una estatua fumando finalmente prohibida por el Führer. No hay duda hoy, por lo visto, de que fueron los alemanes quienes con mayor anticipación vislumbraron los daños del fumeque, ya que desde comienzos de siglo hay constancia de asociaciones contrarias al tabaco, cuya influencia sobre el cáncer de pulmón o las grandes cardiopatías establecieron al menos desde finales de los años 30 estudios como el debido al doctor Robert Müller, aunque la idea primitiva de esa relación hay quien sostiene que circulaba ya en medios científicos a mediados del siglo XVIII. Ya ven que no hay nada nuevo, y me imagino el disgusto de nuestros actuales adalides al ver que su proyecto “progresista” fue defendido ya por aquellos verdugos que se inquietaban ante los efectos de la nicotina mientras empleaban a gogó el perverso Zyclon B en las cámaras de gas. Se dice ahora que el prohibicionismo nazi hundía sus raíces en la ideología más tópica, como la idea del propio Hitler de que el tabaco sería la venganza del piel roja contra el hombre blanco que lo indujo al alcoholismo, o su convencimiento de que, cómo no, habrían sido los judíos sus introductores no se sabe cómo ni por qué. No hay campaña prohibitiva sin fantasía ideológica, como pueden comprobar.

Lo cierto es que, como en nuestras sociedades democráticas actuales, el nazismo limitó el consumo de cigarrillos, prohibió fumar en oficinas, hospitales, ejércitos (incluso en plena guerra y hasta en los frentes), sin olvidar los servicios de Correos, elevando los impuestos hasta un salvaje 95 por ciento, y se sabe también que, tal como ocurre ahora, se encargó de difundir una dura propaganda disuasoria basada en imágenes aterradoras y mensajes apocalípticos. ¿Y saben cuál fue el resultado? Pues que tras la guerra el consumo de tabaco se incrementó desorbitadamente y una nueva sugestión iconológica sustituyó a la popularizada anteriormente por la turbadora imagen de Lili Marleen. Parece como si camináramos en círculo, ya lo creo que lo parece.

5 Comentarios

  1. Poca gracia le hará el comentario a los fundamentalistas del porgrerío que creen haber inventado al antitabaquismo. Añádase que, enb cambio, no fueron los nazis solos quienes castraron o liquidaron a los subnormales, pues en acreditadas democracias se hizo lo propio. Qué disgusto le daría a madmoiselle Pajín esta noticia.

  2. Lo bueno es bueno aunque lo invente un malo. Lo que no quita para que esta ironía del columnista tenga sentido. Así como el ácido comentario de Nemo sobre otros países de entonces… y no sabemos si también actuales…

  3. No olvidar que a los miolitaristas, a todos, les da por la cultura física y por la visa saludable. Mi generación lo ha vivido aquí y la anterior lo vivi´po en Alemania y otros países. Y no es extraño que exigieran aire puro mientras administrabal el Cyclon B a sus víctimas. El oxígeno, ya se sabe, es muy activador del ánimo.

  4. El Estado prohibidor, Sr. Zin, cobra muchísimo más del salvaje 95 por ciento, hasta tal punto que los fumeques pagan con creces los gastos médicos, hospitalarios y farmacéuticos de la Seguridad Social.
    Si todos los españoles dejaran el tabaco habría que subir drásticamente los demás impuestos.
    Teniendo en cuenta que los fumadores tienen menor esperanza de vida deberían estar subvencionados por el ahorro en pensiones que producen las muertes prematuras.

    Servidor de Vds. dejó el tabaco hace 22 años y está totalmente en contra de la última prohibición.
    Las calles de Madrid se han convertido en un colillero gigante y los niños están viendo constantemente fumadores compulsivos en las puertas de los bares.

    Si el Estado tuviera la intención sincera de erradicar el tabaco habría empezado por prohibir a las tabaqueras la adición de adictivos a sus productos.

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