Se asombraría el consumidor medio si llegara a informarse del volumen de nuestro comercio con China. Se sabe, por supuesto, que ese comercio crece dadas las ventajas de la producción en aquel país que combina tan ásperamente el comunismo con el libre mercado, que no hay vendedor occidental que se precie que no viaje a China un par de veces al año para encargar que le reproduzcan a precios irrisorios productos de calidad, mucha veces sin reparar en marcas. Lo que ya no se sabe tanto es cómo funciona esa fábrica colosal, y menos cómo se las avían sus ejecutivos para abaratar costes al precio que sea. Un informe presentado por Greenpeace en el mismísimo Pekín acaba de descubrirnos que nada menos que catorce marcas de élite del mercado mundial comercializan ropa cara en cuya fabricación se han empleado un par de productos prohibidos por la Unión Europea –el NPE (nonilfenol etoxilato) y el PFC– en razón  de su alta toxicidad y, en concreto, de su efecto perjudicial sobre el desarrollo sexual y el sistema reproductivo en su conjunto, sin contar el perjuicio medioambiental que causan al ser liberados, ya en los países consumidores, niveles residuales de esas peligrosas sustancias. Marcas como Adidas, Ralph Lauren, Lacoste, Calvin Klein o Nike, no son ya acusadas –como antaño alguna de ellas– de explotar el trabajo tercermundista de mujeres y niños hambrientos, sino de haber normalizado una nueva “distribución internacional del trabajo” como la descrita por Marx pero ahora sin respetar siquiera la salud ni el medio ambiente. China se ha convertido en un inmenso paraíso donde el mercantilismo de guante blanco resigna el trabajo sucio y del que obtiene costes mínimos a costa de lo que sea. Empezando por el olimpo trujimán y exclusivo que viste a la élite afortunada y exhibe su hipnótica imagen en la más refinada publicidad. Echarle la culpa a los chinos, como se hace cada dos por tres, no es más que una ingenua simplicidad.

 

Un responsable policial me expuso un día en Venecia su convicción de que el menudeo de los manteros que ofrecen regateando los bolsos más cotizados por la moda, no vendía sino “segundas marcas” de los propios fabricantes distribuidas por su módico precio a un público amplio. Entonces como ahora mi conclusión bien pesimista fue que en este sistema orgullosamente libre no nos podemos fiar, como consumidores, ni de las más encumbradas firmas, ni de las garantías convencionales ni menos aún del opio de la propaganda. Estamos en sus manos, literalmente, mientras ellos, de momento, se apoyan en las de los chinos para redondear sin escrúpulos un negocio cada día más redondo aunque más falaz.

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