Entre todos los comentarios sobre el resultado electoral italiano, me quedo con el que dice que si los italianos han votado a Berlusconi y a Beppe Grillo, lo que se merecen es que ahora los gobiernen esos elegidos. Mi impresión es que el éxito de los antisistema no se debe sólo a la empatía que arrima a ese cómico el voto de los desencantados, sino que, en buena medida, es consecuencia del largo fracaso de una democracia cuya crónica de postguerra justifica sobradamente el despego de la ciudadanía. Un fenómeno como el de Berlusconi se explica sólo en un electorado primero perplejo y luego indignado con el juego político en general, por la desmesurada corrupción en la que han participado casi todas las formaciones, grandes y pequeñas, por la quiebra de la izquierdas tradicionales y, en fin, por el impacto de una crisis económica de origen incierto pero que ha caído a plomo sobre los desprevenidos ciudadanos. Claro que nada de eso justifica del todo la negación del sistema de libertades que llamamos democracia ni la brusca rebelión contra un Sistema para el que, aunque haya quebrado también de modo estrepitoso, no se ofrece, que se sepa, alternativa alguna para ordenar la vida pública. Por eso cobra sentido esa suerte de maldición citada, la que propugna el escarmiento que, sin duda posible, sería depositar la decisión política en manos de ese par de payasos. El voto italiano refleja nítidamente un rechazo pleno de la política convencional y el triunfo de gente como la mencionada pone de relieve la indiferencia con que ha llegado a contemplarse una política que a todos disgusta.

 

La cuestión que ahora debe preocuparnos es si ese logro antisistema tendrá eco en otros países mediterráneos, y en especial en España, donde la corriente “indignada” viene siendo alentada desde el primer momento por algunos de los partidos de la izquierda que aspiran a pescar en río revuelto sin advertir que la trivialización de la política y su crítica destructiva acabaría también con ellos llegado el momento. Se comprende hasta cierto punto esa indignación –la situación invita, desde luego, a plantarse frontalmente frente a la política tradicional– pero no es posible ignorar que la democracia no tiene alternativa alguna conocida. Los italianos, en efecto, merecerían ser gobernados por esos iconoclastas partidarios de echar el templo abajo. El mito de Sansón y los filisteos es hoy más actual que nunca.

3 Comentarios

  1. El peligro está ahí. Se llama corrupción, nepotismo, desprecio de los valores democráticos. Su solución puede, debe estar en unas auténticas manos limpias que, con rapidez e imparcialidad limpien estos establos de Augías donde, no solo hay mucho podrido, sino que pudren a quienes llegan a ellos.

    Por cierto hoy ha cascado Stéphane Hessel, el viejo perroflauta, autor de ‘Indignaos’.

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