El laicismo rampante en nuestro imaginario político está batiendo en un tiempo muy breve todos los récords de la extravagancia. Se trata, por supuesto, de ocultar tras cortinas de humo el vacío ideológico abismal que padece nuestra Izquierda, huérfana ya de la herencia antañona, y sometida, de grado o por fuerza –ahí está el caso e Tsipras en Atenas—a la hegemonía del ideario neoliberal, pero eso para nada le exime de responsabilidad en sus maniobras secularizadoras. En Madrid, por ejemplo, doña Carmena ha decidido ofrecer ante el altar animalista la eliminación de las ocas y camellos de la cabalgata de Reyes por consideración hacia esas criaturas que, según ella, podría “estresarse” (el barbarismo es municipal, no mío) y ya de paso sentar en el trono de Baltasar a una mujer negra como conquista suprema de la paridad. Y en Valencia, el alcalde Ribó –Coalitió Compromis, 3 concejales— ha entronizado, en lugar de los tres Magos de Oriente, a tres hembras rotundas llamadas “Libertad”, “Igualdad” y “Fraternidad” como en un retorno terco y guerracivilista a la circunstancia republicana del año 37. Lo que no consiguió nunca la competencia nórdica y comercial de Papá Nöel y Santa Claus, trasunto absurdo del mítico san Nicolás, intenta conseguirlo ahora la hidra secularizadora, aunque sea avasallando el sentimiento y la fantasía infantil de toda la vida.

Cuesta comprender cómo los autores de estas tropelías culturales no se percatan de su ingenua trivialidad ni calculan la previsible reacción masiva de una población que tiene en sus ritos, como todas, uno de los más eficaces artefactos culturales de integración social. El nuevo extremismo es, ante todo, banal y contrahecho a partir de un espíritu vindicativo que poco puede aportar a la convivencia y mucho a las tragedias prácticamente olvidadas de nuestro pasado común. Privar a los niños de esas fantasías inveteradas, sin ir más lejos, además de una estupidez, constituye un atentado contra una idiosincrasia de la que sólo los secularizadores y los sexistas quedan marginados. Son como niños, ellos mismos, pero como niños resabiados en los que el rencor supera a la inocencia. Lo único tranquilizador en este cuento es que, seguramente, las providencias de estos munícipes iconoclastas, no durarán más que ellos mismos. Decía Mauss que pocas cosas tan difíciles de desarraigar del inconsciente colectivo como los viejos ritos. El problema es que estos fautores no se han asomado siquiera a la antropología.

2 Comentarios

  1. Desde luego ninguno de ellos está en sus cabales, al margen de que estén llevando a cabo un juego peligrosamente guerracivilista, como bien sugiere la columna. ¿O serán, simplemente, tontos/as del bote»?

  2. Qué pena, cuánto idiota, tanta memez en el radicalismo extremista. Una juez de jueces, porque lo ha sido, como Carmena haciendo el payaso el día de los Reyes Magos, y un alcalde de Valencia maquinando todavía con la guerra civil a cuestas. Qué pena, de verdad.

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