Hasta hace poco aquí raramente habíamos visto a un rico entrar en la cárcel. Ha sido el Estado de Derecho el que ha llevado al trullo a altos políticos y magnates de las finanzas, descubriéndoles un panorama inimaginable para ellos. Es verdad que aquí no hace falta, como en USA, el concurso de empresas especializadas en adecuar la vida del rico preso a las duras circunstancias carcelarias, porque para eso está el sentido, tan nuestro, de la protección de los altos a los que enseguida se le buscan celdas apartadas, compañeros modélicos y se les dota de tele y ordenata para que su contacto con el exterior no se vea interrumpido de golpe. Barrionuevo, Vera, Mariano Rubio, Mario Conde, el ex-general Galindo y demás convictos de altura no han tenido necesidad -¿o sí?—de mantener a un matón encargado de su custodia, pero sin duda ha aprendido en la cárcel muchas de esas cosas exclusivas de la trena que un tipo como Madoff, el gran estafador de millonarios, ha contado y entre las que se cuentan la maña para barrer un la celda propia, fregar la cafetería, pagar a un propio para que lave la ropa, ignorar a los compañeros en la ducha, jamás responder a una provocación y, en definitiva, aceptar la norma interna de ese mundillo sin rechistar. Los asesores americanos se esmeran lo primero en enseñar al preso al argot carcelario, pero también en hacerles comprender que, tal como ocurre fuera, dentro de la prisión todo se compra y se vende o revende. Nada de sentirse superiores, menos aún de intentar sacar beneficio propio de las situaciones: la cárcel, como la muerte, a todos iguala en último término. Sólo los golpistas del 22-F tuvieron el privilegio de que, a pesar de todo, la tropa de servicio los saludara al paso o los diera su antiguo tratamiento, cosa que parece que encantaba a Tejero. Hay gustos para todo.

Con la crisis han proliferado esas amigables consultoras que llevan nombres tan rotundos como “Federal Prison Alternatives” o “Executive Prison Consultants” y son gestionadas por antiguos pringaos. Pero no en España, donde aún se protege como es debido al rico indefenso y se hace la vista gorda al pasarle revista a su celda. Allá los yanquis con sus extravagancias. Nosotros sabemos de sobra que los reglamentos están hechos para los hombres y no los hombres para los reglamentos (variante evangélica, por cierto). Pero la cárcel es dura siempre. Antonio el Bailarín, encarcelado en Arcos por blasfemia, declaró que se le caía el pelo “a puñados” en el encierro y Conde ha visto cara a cara en él al mismísimo Paráclito. Tendría que haber cárceles adecuadas al rango del preso. Nos evitaríamos alopecias y epifanías.

2 Comentarios

  1. Es genial ese final. Me acuerdo de las protestas de Antonio, quejándose del mismo Franco que acabó por indultarle. A la cárcel deberían ir quienes la merezcan sin apellidos.

  2. Un saludo a mi vuelta. He estado un tiempo fuera de España, en los Alpes, reponiéndome, aunque desde allí he seguido vuestros coloquios. La cárcel, querido ja, nunca es buena, pero en imprescindible para algunos que, en libertad, serían más que peligrosos. Esas empresas “especializadas” me han llamado la atención. Es una de las ventajas de seguirte de cerca.

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