A Teresa Rodríguez, la lideresa que se cagaba en Dios antes de dejar de ser podemita, la están poniendo a caldo en las llamadas “redes” por haber reconocido en público la labor social de la Iglesia. El radicalismo antirreligioso trata de rellenar la anemia ideológica que padece hoy la izquierda tal como lo hizo otras veces en su historia, y por eso ve en aquel reconocimiento una grave herejía: siempre es más fácil blasfemar que diseñar un plan de desarrollo. Pero a Teresa, con sus antecedentes, no debería incomodar su condena –por aquello de que donde las dan, las toman—sino la chusca inopia de un credo populista sujeto a tan insuperables automatismos. Estos izquierdistas pauperizados  ya no leen “El Capital” de Marx, como sus padres sino “El motín” de Nakens, como sus abuelos.

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