Un amigo mexicano me envía un libro curioso –“A través de la máscara”—recopilación de cuatrocientas fotografías, con la teoría de que el retrato es hoy un género triunfante, lo que no deja de tener su miga y trasfondo. La tradición  encuentra retratos desde el Egipto antiguo hasta el Renacimiento y desde éste a la Modernidad, aunque sea la aparición vehemente del individuo “moderno” (desde el XIV al XVI), es decir, del burgués primitivo, émulo de la elite aristocrática con la que compite, lo que lo hace irrumpir definitivamente. Dense una vuelta por el magnífico Museo del Retrato londinense, deténganse un momento en el retrato veneciano o en el flamenco, admiren los de Velázquez o los de Goya y, ya mucho más tarde, en plena revolución de los significantes, los de Van Gog o Picasso, para comprobar que la intención del retratista –hoy multiplicado “ad infinitum” por la fotografía masiva—es siempre un esfuerzo esencialista: se retrata como tratando de captar la esencia del retratado, como indagando el secreto de su personalidad. Galienne y Pierre Francastel tienen un libro irreemplazable sobre el tema que, a propósito de este ejercicio mexicano, resulta apasionante, como apasionante resulta, igualmente, el trabajo sobre el simbolismo de la máscara que Titus Burkhardt incluyó en sus “Símbolos”. Se deduce del libro que da pie a mi comentario que el retrato es uno de los grandes géneros de la fotografía, al tiempo que se nos reta a meditar sobre el significado de esas “máscaras” (hoy más de moda que nunca, a excepción de la Venecia del Aretino) cuyo significado latino es, como se sabe, precisamente ése: “persona”. Esta hodierna pasión por el retrato, multiplicada sin límites por los dispositivos actuales, revela tal vez, por parte de nuestras sociedades, una íntima necesidad de reconocimiento de sí misma.

 

Se dice que Inocencio X comentó ante el que le hizo Velázquez, hoy en el palacio Doria-Pamphili: “Troppo vero”. Debió sentir como si le hubieran arrancado su máscara. ¿Por qué este “boom” del retrato, aunque sea fotográfico, tanta pasión por detener a la persona en el tiempo que huye, a la vez que se multiplican las máscaras? Puede que el individuo postmoderno indague y esconda a un tiempo su realidad esencial, el misterio anfibológico de un estilo vital que arrastra, paradójicamente, desde la más remota Antigüedad para acabar estrellándose en nuestro dudoso malecón.

9 Comentarios

  1. Otra columna inteligente y preciosa. El retrato tuvo para mí siempre algo de misterioso. Ya saben que hay aborígenes primitivos que no son capaces siquiera de interpretar un fotografía suya, aparte de que, cuando la “ven” se niegan en redondo a que “les roben el alma”. Eso confirma la tesis de jagm.

  2. Queremos durar y perdurar, buscamos eso que se llama el “instante eterno” y el pintor, por su parte, bucea en la psicología –en la fisionomía– del retratado en busca de rasgos profundos. ¿Qué decir de la Familia de Carlos IV de Goya? ¿Qué de esos labios belfos que pintó Velázquez a los reales Austrias? La foto es la democratización de retrato, entre otras muchas cosas.

  3. Bien dice, don Epi, porque es justo recompensar el buen trabajo con agradecimiento.
    Por mi parte creo que este furor del retrato (de la “foto” más bien) se debe a nuestra japonización, como hubiera dicho Unamuno, aunque admita que algo de búsqueda de la identidad, propia y ajena, anda por ahí dentro de esa manía.

  4. Esos retratistas y esos retratados buscan algo que ni sospechan. Los vemos por las calles armados de sus cámaras, utilizando sus telefonillos, como forzados de galera que tuvieran por obligación que detener la vida a cada paso.

  5. El retrato fascinó a las aristocracia tanto como a los burgueses. El proletariado, hasta ahora, se conformaba con el daguerritipo de la mili y las sombras en blanco y negros de moradores y difuntos. Nada que ver con esta manía de “retratar” a la gente con el móvil o la cámara. Pero lo mismo en el fondo: parar el tiempo, detener el olvido. Un obseso con Van Gog se autorretrató un montón de veces, cada vez más amargamente. Hay un autorretrato suyo en el Belvedere de Viena, lleno de terribles trazos negros y rojos. Estaba retratando su último momento, casi su cadáver.

  6. Inmersos ya en la costumbre de que la columna del viernes admita nuevas comentas durante el largo fin de semana, me atrevo a dejar aquí una opinión, además de la admiración ya expuesta.

    He buscado una cita que me decía algo sobre el tema. Es de Margarita Yourcenar y dice: ” impedir que el vaho de un aliento empañe la superficie del espejo“. Pensé en ella porque, en el afán retratista que impulsan los telefoninos –esa manía de poner la carita junto a un famosete/illo y darle al click– es justamente un vaho, un velo o una luz excesiva, la sonrisa forzada o no, las ganitas de salir como alguien que es más que una persona corriente.

    Si la pose del soldado con el puro de madera de los viejos daguerrotipos, imponía marcialidad, hombría y toda la fanfarria, esas caritas del retrato o autorretrato solo denotan el yoísmo de la época, el afán de parecer aunque no se sea.

    Mi don Pangly, no le envío a menudo todo el cariño que le tengo, pero hoy me he acordado de dejárselo aquí escrito.

  7. Don Epi remata la tesis de la columna con ese “yoísmo” tan elocuente. El retrato ya no es para conservar el recuerdo del retratado (principal) sin mucha veces para conservar el propio. Nuestra odentidad colectiva esta resultando puro y simple narcisismo. O vanidad de vanides, qe dice creo recordar el Eclesiastés.

  8. Exactamente, viejo maestro: Eclsiastés, 1-2, “dice Qohelet…”. ¿Y no viene al pelo esa sentencia a propósito de la retratomanía o fotomanía a la que acaban de referirse mis amigos? Yo me asombro al ver a personas fotografiando una misa, un entierro privado, o posando ante un escaparate para llevarse un recuerdo… Ay, hijos: vanidad de vanidades y todo es vanidad. Una cosa: echo de menos comentarios sobre este para que pinta en notabilísimo. Por mi parte lo tengo ya clasificado en la excelencia.

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