Poco sabemos de  la jueza Alaya, la valiente y tenaz instructora del lío de las prejubilaciones fraudulentas a la que la Junta, explicable pero absurdamente, le regatea la documentación imprescindible. Poco, aparte de que está demostrando una solidez sólo comparable a su paciencia, y a que se ha convertido en la bestia negra de los investigados y quienes los apoyan. Hasta leyendas miserables sobre su carácter se han podido oír por aquí y por allá, pero ella no se ha arrugado ni perdido el compás en ningún momento a pesar de la gravedad que supone aquí y ahora enfrentarse al Poder. Y todo indica que saldrá adelante con los faroles a pesar del apagón. Unos cuantos jueces como ella no le vendrían mal a esta jaula de locos.

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