Cada día nos sirven una ración maravillosa. La última ésa de recusar a un testigo en el juicio por el sobornazo que se celebra –¡seis años después!— en Sanlúcar de Barrameda, al parecer por escuchar determinada emisora de radio. Maravilloso que se tarde esa eternidad en sustancia un pleito pueblerino en el que unos presuntos golfos tratan de sobornar a un ciudadano por razones políticas, más todavía que se centre la indagatoria para determinar la idoneidad de los testigos en los medios que leen, escuchan o ven, y definitivo que el tribunal recomiende –insisto: ¡siete años después!—al jurado no tener contactos con éstos ni compartir opiniones con familiares o amigos. ¡Como si habláramos de un asunto de antier por la mañana ocurrido en Nueva York y no de una ya vieja leyenda lugareña perpetrada en Sanlúcar hace la intemerata! La Justicia suele funcionar –he aquí un caso—con pie de tortuga y vista de topo, pero hay casos –éste mismo—en que parece empeñada en dar el espectáculo.

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