Cada día que pasa se me aleja más la idea que un día tuve del Chaves serio, competente y sereno forzado por su jefe a bajar desde Madrid. Son muchas cosas en su contra, demasiadas evidencias de su similiquitriqui, aparte de una pesada sensación de mediocridad que hace que cada vez que habla mengüe la prosodia pero suba el pan. Y encima esa intensa sensación de que la obsesión del Presidente con El Mundo es algo de naturaleza patológica, una monomanía explicable por la singularidad e independencia de nuestra crítica que tantas veces le afecta hasta en su ámbito familiar, es cierto, pero también porque acaso sea él y no El Mundo quien respire por heridas: las que este diario le abrió al partido que preside al aclarar el saqueo financiero de Filesa o los crímenes del GAL, al desmantelar los negocios de los hermanísimos y cuñados, al sacar a la luz la cal viva empleada por una trama policial que el PP, todo hay que decirlo, nunca supo, no ya desmantelar, pero ni siquiera reconvertir. Chaves respira por esas heridas, intensa, obsesivamente, y quiere que creamos que el vaho en los cristales se debe al aliento de otros. 

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