No es probable esperar a que el pueblo de los EEUU permita a corto plazo prescindir de la pena de muerte. Dominan la opinión contrarían a la abolición ideas como la del ejemplo supremo que supone el suplicio, idea negada por muchos sociólogos pero que sigue vigente todavía en anchos sectores sociales. Ahora bien, el empleo sistemático del ADN del acusado está resquebrajando esa postura que incluye, vergonzantemente, el espectáculo de la ejecución que tan actuales vuelve los versos de Valle-Inclán en “La pipa de Kif”, aquellos que rezaban “Apicarada pelambre/ en torno al garrote vil…”. Un caso reciente, el de la exoneración de un preso que llevaba quince años en régimen de aislamiento en el “corredor de la muerte”, Damon A. Thibodeaux, condenado como autor de la violación y muerte de una prima suya que ha sido descartada por el análisis genético, ha vuelto a avivar la polémica con el argumento de la irreversibilidad de esa pena y del hecho de que, al menos en 141 casos se ha debido anular esa pena de muerte. Se acumulan las pruebas de la falibilidad de la Justicia y de la ligereza con que algunos tribunales sentencian a la pena capital sin tener en cuenta circunstancias elementales (hasta han sido ejecutados menores retrasados), lo que hace presumir a la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) y a muchos ciudadanos que lo probable es que bastantes inocentes hayan sido liquidados por las bravas, en no pocas ocasiones como consecuencia de las estrategias políticas de jueces y fiscales elegibles. Thibodeaux ha salido a respirar, por fin, tras su prolongado calvario. Convénzanse: el sentimiento vindicativo de los partidarios del cadalso no va a ceder por mucho que en su entorno pese la razón. Por encima de la “democracia ideal” de Tocqueville, sobre ese gran país involucrado en tantas guerras en defensa de los derechos humanos, planea la sombra siniestra de la justicia que aplicaron los pioneros de la caravana.

Con Thibodeaux son ya trescientos los exonerados tras la demostración del ADN y ya dijimos que 141 de ellos eran condenados a muerte. ¿Qué hace falta para convencer a un pueblo civilizado de que un sistema tan falible debe empezar por anular la pena irreparable? ¿Cómo exigir a China y a otros verdugos que renuncien a lo que en casa no se ha renunciado? La salvación de Thibodeaux es una buena noticia pero, sobre todo, es una triste lección.

1 Comentario

  1. Sin duda me equivoqué y puse el comentario a esta página en la columna del día siguiente….que no llegué a leer en su día.

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