Hace más de dos decenios recibí una carta justificadamente indignada de un profesor andaluz cuya obra hacía años que tenía consagrada un lugar destacado en mi modesta biblioteca. Era Francisco Socas, molesto –ya digo que con toda razón—por mi flagrante olvido de su nombre en una crítica mía sobre una edición de Ovidio cuya autoría compartía él con el maestro Ramírez de Verger. Mea culpa, agravada por el hecho de mi conocimiento y afición a su amplia obra y a su vastísimo horizonte cultural, uno de los más dilatados y brillantes de su cohorte generacional, heredera de la irrepetible pléyade de maestros que la precedió.
Socas, en cuya obra caben juntos pero no revueltos desde un insuperable Lucrecio hasta un Séneca originalísimo pasando por Juvenal antes de atender a la nómina “moderna” de los sabios como Cardano, del visionario Kepler y hasta de algún heresiarca tan notable aunque desconocido como Martin Seidel…; Socas, digo, anda ahora estirando su paciencia ante la tortuga editorial que retrasa inexplicablemente una colosal indagación sobre Petrarca que mucho contribuirá en su día –“certus an incertus quando”—para entender a fondo no sólo su obra sino la íntima personalidad de aquel supino personaje renacentista.
¿Qué hace un profesor excepcional cuando se jubila anticipadamente sin que a la Universidad se le pase siquiera por mientes apadrinar un bagaje y unas energías tan descomunales como las de Socas? Pues trabajar, bregar como un azacán con sus graves saberes, que viene a ser como vivir contracorriente en los años maduros, sin otro báculo que el inflexible de su pasión investigadora, esa “libido cognoscendi” que arrastra, al tiempo que alivia, al sabio náufrago en una sociedad atenida a un expeditivo pragmatismo que no ve en el saber y en la cultura más que un prescindible oropel. Socas, como tantos otros colegas desperdiciados, no se demoran ante esta pregunta, encontrando un providencial salvavidas en esa suerte de destajo prometeico que inerva su irrefrenable vocación.
En mis encuentros con él –el vertiginoso conversador, el sabedor sin fondo pero, sobre todo, el sabio juicioso en su plenitud vital—me he acostumbrado a entrever, casi atropelladamente y a la confortable sombra de su fervorosa humanidad, luces sobre clásicos y modernos que en mi soledad intelectual temo que no habría sido capaz de distinguir. Oculta en la intimidad de estos sabios indiferentes frente a la indiferencia, se encierra una fascinante pedagogía que neutraliza, siquiera para un mínimo discipulado, el bárbaro despilfarro institucional en que culmina nuestro lamentable fracaso civilizatorio. Nunca le he pedido disculpas a Socas por mi lejana arbitrariedad. Lo hago ahora seguro de compartir con él que “errare humanum est, sed ignoscere divinum. En la “Filípicas” aprendí de Cicerón que lo que es cosa de locos es perseverar en el error.

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