Es un hallazgo léxico, siquiera por extravagante, ése de la ministra de Igualdad de llamar “relaciones tóxicas” a los trajines juveniles que incluyen la violencia de género. Por lo visto una de cada cuatro mujeres liquidadas por los bestias en 2009 tenía menos de 30 años y cuatro de cada diez órdenes judiciales de protección (unas 50.000 en total) iban dirigidas a chicas jóvenes. Peor aún: parece ser que un 14’6 por ciento (que ya será más) de jóvenes justifica la violencia ejercida por los machos en la que entrevé cierto prestigio. ¿Y de qué extrañarse? El prestigio del chulo ha radicado siempre en esa perversión ancestral de la estimativa femenina que confunde violencia con protección y ve en la agresión viril un aspecto atractivo que la novela de todos los tiempos se ha encargado de diseccionar. Muchos siglos antes de que apareciera Sade con su sexualidad cruel (piensen en ‘Justine’) existía la aceptación de la violencia y el dolor como elemento amoroso. ¿No compara Ovidio el amor con la milicia, no está acreditado que las mujeres romanas se ofrecían a los jóvenes enloquecidos de las Lupercalias para que las azotaran con sus látigos? Una antropología del amor medianamente documentada tiene que dar fe de esta invariante que lo mismo aparece en el Kama Sutra cuando dedica un capítulo a las “maneras diversas de pegar”, que se da por sentada en Bocaccio o en el Arcipreste de Talavera, por no hablar del torvo mundo de “La lozana andaluza” al que nos asoma Francisco Delicado. Hasta Juan de la Cruz recomienda “laborar para conseguir el desprecio ajeno” ¿o no es cierto? Sí que lo es. La Humanidad arrastra un yugo psíquico inmemorial que recién comenzamos a sacudirnos de encima pero que aún gravita demasiado sobre ellos y sobre ellas. Sobre todo sobre ellas, que en su ingenua simpleza continúan la tradición del “amor sumiso”. Mucho macho lleva dentro un chulo más o menos domesticado, y mucha hembra lo acepta como es. Una desgracia que no se erradica en dos días, así se encaramen las Bibianas al tejado.

Hay que ser implacables con los agresores pero también hay que educar (noten que no digo ‘reeducar’) a las agredidas dinamitando la rancia estética de aquel amor sumiso. Una obra de chinos, ya lo veremos, porque no se arregla con un par de leyes o decretos una tendencia tan vigorosa como universal. Y la mujer tiene en esa tarea la parte quizá mayor y esencial. No nos librará de tal lacra el fundamentalismo de nómina ni el que funciona por libre, que tienen por delante, eso sí, el gran trabajo de romper ese tabú inconfesable aparte de aplastar sin piedad a los bárbaros. Una perversión tan antigua no se arregla con un ministerio del ramo sino con una pedagogía general

6 Comentarios

  1. Educación y no leyes.
    La educación empieza en el hogar y su mejor refuerzo es el ejemplo.

    Creo que la mayoría de los maltratadotes y maltratadas son hijos de parejas donde se prodigaba la badana… y no pasaba nada.

    Sin llegar a las Lupercalias, sabemos que el genial Einstein maltrataba a su esposa y también recuerdo haber oído al cantaor Manzanita declarar que él le pegaba a su mujer porque la quería.
    El dicho de que hay cariños que matan no es una metáfora.

    Si se pudiera hacer un censo de todas las mujeres maltratadas de una u otra forma, y de ellos que también los hay, ocuparían, seguramente, un tocho como la guía telefónica de Madrid.

  2. Con lo único que discrepo de lo que nos dice don Josean, es de esa frase que asegura que “La Humanidad arrastra un yugo psíquico inmemorial que RECIéN COMENZAMOS a sacudirnos de encima pero que aún gravita demasiado sobre ellos y sobre ellas.” No creo que hayamos progresado, o según donde y con quién, y a partir de donde.

    Esas cifras son terribles.
    Un beso a todos.

  3. Ea, pues miren por dónde hoy voy a discrepar con ma chèrie madame. Sí que hubo progreso y estamos en un momento de regresión. Su generación -que es la mía aunque yo le sauqe muchos años de ventaja- o sea la de los sesentayochistas hizo un avance común, más notable por parte de las féminas, aunque también los varones pusimod lo nuestro. El fruto lo recogió esa otra que ahora anda entre los 35 y los 50 por poner dos límites. Son los que aprendieron a compartir las tareas domésticas y hoy friegan, barren, tienden la ropa y cambian pañales, pero, ay, no supieron inculcar ciertos valores a la siguiente generación, la de sus hijos, aunque lo hubieran predicado con el ejemplo. Estos bárbaros que andan por la veintena tienen en la violencia una distracción más: un finde no es tan divertido si no hay una buena bronca por medio.

    Las jóvenes hipersexuales que van luciendo tanga y canalillo -miren y admiren cómo salen a la calle nuestras chicas de hoy los sábados noche- han acompañado a los hipermachos musculitos en este descenso. No puedo callarme -usted seguramente no lo ve, querida Marthe- el horror de una publicidad audiovisual en que un tipo fortachón y goriloide va dando mamporros a seres inocentes e indefensos, un camarero, un mimo, y la entidad patrocinadora termina convirtiendo su logotipo en un ser animado que también golpea.

    Ya me gustaría tener la capacidad de análisis suficinente para averiguar cuánto de la regresión que digo más arriba tiene una de sus bases en las paridas de los publicistas, que asumen en sus breves y muy trabajados spots las dos lacras que condicionan a la juventud: el sexismo sin sentido y la violencia gratuita.

  4. Dicen los etólogos, no sé los sociólogos, que la diferencia media de tamaño entre machos y hembras en las distintas especies indica el grado de agresividad y/o sometimiento de un sexo al otro.

    Así vemos que baten records las arañas y mantis que devoran a sus maridos si no andan listos, los leones africanos que son los chulos de la sabana, los simpáticos gorilas, los estudiadísimos macacos rhesus y un inmenso etcétera que recorre toda la gama del mundo animal donde nos encontramos nosotros, ni muy arriba ni muy abajo.

  5. Don Yamayor, comparto su análisis de los estereotipos de la publicidad, y añado: lo que vende es la exhibición de poderío y el rechazo a la sumisión, a la duda. ¿Qué mejor campaña comercial que difundir el mensaje de “no te lo pienses dos veces, ni tan siquiera una, just do it.”

    Por otra parte, me gustó el remate final en el artículo de Concha Caballero ( http://ideasconchacaballero.blogspot.com/2009/11/gramatica-de-la-desigualdad.html ) en su idea del revanchismo de género:

    “Clava, golpea, dispara con toda la furia acumulada de sus cuentos infantiles, de sus héroes salvadores, de sus mitos destronados, con el convencimiento de que él no es el verdugo, sino la víctima de la libertad de las mujeres.”

    Me pregunto, ¿y no es ésta la generación que se ha educado “en valores”?

    Saludos cordiales

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