Mi libertad acaba donde empieza la tuya, dijo Rousseau, aunque casi nadie se acuerde ya. Las huelgas de este verano –el “secuestro” de pasajeros en el aeropuerto, las basuras amontonadas en el pueblo turístico, el conflicto de los taxis en feria—recuerdan hasta qué punto es urgente regular el derecho de huelga haciéndolo compatible con la normalidad de la vida ciudadana. En cuanto a la pelea de los taxis que hoy padece Málaga como ayer Sevilla, y con independencia de sus complejas circunstancias, está claro que una intervención reguladora por parte del Poder no puede esperar más. No se puede convertir al ciudadano en rehén de los huelguistas por razonables que sean sus demandas. Y es el Estado quien debe garantizar ese derecho que estamos viendo vulnerado cada dos por tres.

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