Recibo una cuidada felicitación navideña (huy, perdón, navideña no, de Año Nuevo) en siete idiomas, redactada por la Gerencia de Urbanismo sevillana y con cuya compra, de pasada, se ha ayudado a UNICEF en su cruzada a favor de los niños del planeta. En ella campea un lema de Leonardo bien conocido y que ha dado lugar, desde hace mucho tiempo, a comentarios encontrados, “La innovación es el motor del progreso”, una consigna de mejora y prosperidad cuyos pros y contras, ya digo, se han cuestionado muchas veces. La polémica entre “novadores” y partidarios de la conservación es vieja en historia del pensamiento y lo que bajo ella subyace es ni más ni menos que el enfrentamiento entre “antiguos” y “modernos” que mi maestro Maravall, tras las huellas de innumerables polemistas, estudió en un ensayo monumental hace muchos años. ¿Es buena toda innovación o lo aconsejable sería no menear las cosas hasta que no se demuestre su insostenibilidad? ¿Son los innovadores ese factor de avance de que alardean o su apuesta sistemática por el cambio implica, como quieren los conservatas, un riesgo muchas veces innecesario y no pocas entre ellas gravoso y hasta irreparable? Atento lector de esas discusiones debo decir que nunca he logrado decantarme hacia uno u otro lado, unas veces tentado por el vértigo de la mudanza, `prevenido en otras ocasiones por el temor a los efectos del vaivén, y creo que nunca podrá cerrarse a cal y canto un debate que nadie estará probablemente en condiciones, por mucho que se extreme la dialéctica, de dar por liquidado. Resulta no poco ingenuo, en todo caso, endosar cada una de esas posturas al clásico par de opciones políticas pues ni la izquierda fue siempre lo innovadora que debió ni la derecha permaneció tan anclada como sugiere la propaganda rival. Hay muchas carreras desbocadas, desde luego, que acabaron estrellándose en pleno pasado como hay ciertos inmovilismos que, bien miradas las cosas, no han dado tan mal resultado.

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Uno de esos debatillos efímeros aunque encarnizados es el que gira en torno a la reintroducción del tranvía urbano como medio de transporte colectivo más ecológico y acaso más barato que el caos automovilístico, y ésa es precisamente la apuesta más llamativa de ese Ayuntamiento sociata que ha pasado como el caballo de Atila sobre la arboleda centenaria o las arqueologías inmemoriales con tal de reponer la vieja línea de nuestros abuelos como medio de acceso al centro de la capital. Y yo no sé, francamente, si el resultado será benéfico o catastrófico, pero para que vean lo que son las cosas, lo que sí sé es que la vuelta al tranvía es la apuesta-estrella de los ayuntamientos franceses que en sólo año y medio han hecho crecer en un 150 por cien la red de sus trazados tranviarios a pesar de la protesta de unos y otros, según el color de cada concejo. En París, gobernada por una coalición social-ecologista como se sabe, se acaba de inaugurar una línea de ocho kilómetros que transportará nada menos que 100.000 viajeros diarios, y que viene a añadirse a las que vienen funcionando en Burdeos, Nancy, Valenciennes, Marsella, Niza o Estrasburgo, lejos ya de los tiempos en que un alcalde socialista de Grenoble se lanzara decidido por la recuperación de esa modernísima antigualla. Ni Chirac ni madame Royal asistirán, no obstante, a la inauguración de la línea parisina, lo que da una idea de lo caliente que aún se mantiene el asa de una discusión para la que sus objetores galos han improvisado el titulillo de “retorno al pasado”. Y lo que significa que innovar puede implicar, a veces, volver sobre nuestros propios pasos o revolver el desván en busca del artilugio que un día creímos obsoleto. Aquí (en Sevilla o en París) un tranvía sigue siendo un motivo tan bueno como otro cualquiera para la desavenencia política, aunque la última palabra, por fortuna, haya de quedar siempre para el usuario.

11 Comentarios

  1. Cómo no recordar los entrañables -huy, se m’hascapao- “eléctricos” lisboetas que se han actualizado aunque a la vieja Alfama aún sube de vez en cuando un trasto venerable. En LA Coruña permanece también la línea que une el extremo de Riazor con la torre herculina. Cuando me pase por Sevilla, seguro que voy a subir al novísimo tranvía, cuyos penúltimos cacharros tomé para ir a la piscina de Coria. Pero hoy hay que pedirles utilidad real y no solo sentimental, mejora para la población y no mero cacharro para nostalgia.

    Y no se olviden de brindar con vino que hable español. Nos ha fotut.

  2. Creo que en el comentario hay cierta ironía que tal vez escapó ¡¡I N C L U S O ! a nuestra doña Epi, pues lo curioso es que la mayoría de los tarnvías franbceses, según me contaron hace un par de veranos unos amigos (venbles, por supuesto) gabachos son de Ayuntamientos regidos por la Derecha, que hizo suya la idea, alucidda por ja, del alcalde socalista. Creo que ésa es la moraleja implícita (oculta nás bien) en la columna de hoy.

  3. No sé si gm defiende al alcalde de Sevilla o no, pero podría deducirse algo as´çi de lo que dice. Como “paciente” dl experimento del tranvía en cuestión, debo decir que poca gente entiende la fórmula del tranvía (si se trataba de salvar la Catedral de la polución, sobre todo) pues habría otras más viables, menos costosas y menos agresivas (se ha cargado la arboled y los restos milenarios, como se dice), sin ir más lejos los pequeños y medianos autobuses llamados “ecológicos”.
    Lo que me parece interesantísimo es que hasta el modelo de circulación se haya convertido en materia política. Sobre eso debería extenderse más quien, como queda a la vista, debe de haberse informado sobre el tema.

  4. Mi padre me llevaba en “la Jardinera” que discurría por donde irá, supongo yo, el nuevo tranvía de este alcalde que pasará a la Historia no como el del tranvía, sino como “el de las facturas falsas”. No entre en la polémica, pero me extraña que gm toque ese tema sin aludir a la enorme polémica suscitada en Sevilla por un plan de acceso al centro de la ciudad que excluye caprichosamente no sólo al coche privado -lo que me parece bien- sini el taxi. ¿Cómo subirán los ancianso del centro a ese tranvía, y cómno los inválidos, las madres con carrito de niño…? Creo que las mudanzas hay que pensarlas más pero, como demnuestra el caso comentado, se suelen adoptar de sopetón, como escapatorias para huir de situaciones poco sostenibles.

  5. El tranvía es un medio que quizá nunca se debió elininar y se vuelve a él en muchas ciudades. Coincido con Sevillí en que lo notable es que hasta la elecci´`on entre tranvía o autobús sea ya signo poítico.

  6. me gustan los tranvías, en Lisboa, en coudades americanas o europeas. En mi juventud me emocionaba “Manhattan Transfer” de Dos Passos, no le digo más pero este tranvía llamado deseo del que habla don jagm creo también que obedece a intereses políticos muy concretos.

  7. La mención de Dos Passos y aquel “transfer” es raro que se le haya escapado al titular, pero viene muy a cuento. La última vez que estiuve en Sevilla encontré, en efecto,

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