La última entrega del culebrón de Marta del Castillo y su inicuo verdugo, a saber, el sometimiento de éste, por voluntad propia, a un registro encefelográfico que pudiera (sólo pudiera, ojo) registrar en su memoria alguna imagen conducente al lugar donde escondió los restos, es, en mi modesta opinión, un brillante triple salto mortal de nuestras policías que seguramente distraerá la atención pública pero que no ha de conseguir mucho. Ojalá me equivoque, por supuesto, pero mis neurólogos de cabecera opinan que es poco probable que, a base de cambios de potencial, se logre registrar la memoria y mucho menos, desde luego, elucidar la Verdad. En una universidad andaluza me invitan a presenciar en un IPAD el trabajo de las ratas sometidas a un tratamiento similar con objeto de borrar de su memoria hechos acaecidos, lo que de lograrse constituiría una aportación valiosa a la psiquiatría, pero de paso me muestran sus dudas sobre la posibilidades reales de que el experimento con ese criminal que trae de coronilla hace años a jueces y policías llegue a proporcionar una solución al enigma. ¡Ahí es nada, la memoria! ¡Y la verdad frente a la mentira! Erasmo sostenía que el espíritu humano está hecho de tal manera que en él la mentira tiene cien veces más peso que la verdad, lo que lamentablemente supone un extraordinario blindaje para el ocultador, a pesar de que el recuerdo, como el eco, continúe por ahí, enredado en las circunvoluciones o en los abismos del cerebro interior, incluso después de haberse extinguido el estruendo. Lo que sí constituye el experimento de Carcaño es un espectáculo en toda regla, algo así como el que supondría el anuncio del buhonero de que va a degollarse a sí mismo. Mala cosa cuando el caso policiaco se convierte en número de circo.

A las ratas que yo he visto en el laboratorio les cuesta olvidar seguramente tanto como a estos criminales les costará recordar lo que de verdad ocurrió. Sólo en los EEUU, que son tan suyos, fríen a un tipo si el polígrafo lo descubre o cree descubrir, desenredando su trama mentirosa hasta dar con el cabo perseguido. Pero el cerebro, en todo caso, es una entidad tan compleja que cuesta creer que vaya a dejarse traslucir para que lo vean cómodamente desde las sillas de pista. Por lógica, esa canalla sabe a la perfección donde escondió el cuerpo asesinado y no va a rebelarlo porque le pongan cuatro electrodos para deleite de un público que ni siquiera pagó su entrada.

4 Comentarios

  1. A mi juicio, pobre lego en neurofisiologia, es más valorable el llamado ‘poligrafo’ que este casco de colorines. En el primero se analizan otras constantes, como por ejemplo, la presión arterial o las variaciones de la conductancia de la piel por alteraciones mínimas de sus electrolitos.

    Tampoco creo que tenga valor como para «freír» al convicto, expresión que utiliza nuestro Anfi y que a veces no está a punto el aceite y tarda más de la cuenta. ;)

  2. Muy conforme con lo del colega (seguro), porque ese don Epi viste bata blanca, me juego lo que sea. Y con la columna, denunciadora en el fondo de una situación y de un montaje que no hay por donde cogerlo pero que nos ha costado ya más de lo que valen cuatro hospitales.

  3. No comprendo nada en esta historia truculenta. ¿Cómo fiarse de un canalla que ha variado su versión no recuerdo cuantas veces ante la policía y el juez? Ni me creo nada de estas máquinas milagrosas, por supuesto. Lo que hacía falta es más «auctoritas», ya saben, en latín, para tratar a esta gentuza.

  4. Menudas agarraderas debe tener esa familia para que se haya gastado ese dineral, que para cosas muuuy precisas se escatima.

    Sí, querido colega: vestí bata, pero el día que la colgué, junto al fonendo, me corté la coleta de todas, todas. O estudias cada día o no vales pa ná. Y yo dejé de estudiar.

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