Cuando escribía estos renglones no sabía aún si la proyectada visita a Barcelona del Rey, esto es, del Jefe del Estado, discurriría sin complicaciones o, por el contrario, la insidia golpista habría provocado otro lamentable espectáculo. No lo sabía, aunque me importaba y mucho, pero me sobraba malestar con sólo leer los titulares que, de un tiempo atrás, nos asoman a la Casa Real como quien nos deja entrever una jaula de oro. Dicen y repiten los cuerdos que el Gobierno, o lo que sea eso que nos manda, abusa de la prerrogativa del refrendo sobre los reales actos que le otorga la Constitución hasta reducir a títere la figura del Rey, pero, aparte de eso, desde ciertos antros del mismo Poder se sigue descalificando al Jefe del Estado como si apenas se tratara de un jefe de negociado incómodo. El teorema pseudológico de Echenique –“a la Colau la ha votado al Pueblo mientras que a Felipe VI no lo eligió nadie”–, bárbaramente ignorante de lo que es y a lo que obliga una Constitución, permite a cualquier pelagatos asegurar que ese Rey legítimo “no representa el futuro sino el atraso”, dictamen casi insignificante, en fin de cuentas, comparado con insultos anteriores, como el de ladrón, o con descalificaciones como la que, en pleno Congreso, lo equiparó un tuercebotas –¡impunemente, ay!–  a un diputado más de la extrema derecha.

Es posible que el infame desgobierno causante de este desorden institucional esté originando unas simpatías monárquicas, inimaginables hasta hace poco, en amplios sectores de la opinión tradicionalmente ajenos por completo al sentimiento monárquico, y nunca como ahora se han escuchado entre nosotros pronunciamientos favorables a la Corona como los hoy proclamados no sólo desde el sector conservador sino desde la Izquierda más convencional. A tipos insignificantes como Garzón o Echenique responden hoy en voz alta y clara todos los expresidentes de nuestra democracia, a excepción acaso de algún declarado bolivariano, y ese hecho habrá de influir por fuerza en una perceptiva pública no poco desconcertada por la miseria ideológica de los nuevos radicales tanto como por su galopante degradación indumentaria.

La paradoja de una España que en las encuestas apoya en masa a la monarquía pero en la que los monárquicos son apenas una entelequia podría explicar tal vez tanto los autocráticos desafueros del Gobierno frentepopulista como la inopia popular ante esta suerte de secuestro del monarca que está convirtiendo de facto nuestra monarquía constitucional en una república coronada. La tragedia de Telémaco consiste en que Ulises se ha empadronado definitivamente en la isla de Circe.

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