Si hubo en maestro discreto, yo diría incluso secreto, en el pensamiento español del siglo pasado, fue Xavier Zubiri. El antiguo sacerdote –casado luego con la hija de don Américo Castro—trabajó en una suerte de clandestinidad voluntaria tras su breve paso por la universidad de Barcelona, en la que enseñó tras su vuelta de Alemania, donde había forjado el núcleo de sus ideas en torno a Husserl y Heidegger. Zubiri, para algunos universitarios matritenses de los años 60 era una referencia no poco fantasmal, del que oíamos hablar a nuestros maestros pero del que no dispusimos de obras hasta bastante después. Mi recuerdo se centra en las conferencias que ofreció en la Sociedad de Estudios y Publicaciones que él mismo había fundado y en la que manejaba los hilos otra eminencia semisecreta, nuestro paisano José Antonio Muñoz Rojas. A ellas fuimos acompañando a Maravall algunos de sus alumnos más cercanos –Antonio Elorza y yo mismo—para escuchar sus famosas “Cinco lecciones de Filosofía” en las que iluminó luz tantas veces desconcertante, los sistemas de Aristóteles, Kant, Comte, Bergson y Husserl. Un público expectante se apiñó aquellas cinco tardes de la primavera ¿del 63? y hasta el maestro hubo de rechazar con energía la avidez de los fotógrafos con una frase que algunos no hemos olvidado: “No, por favor, nada de fotos. Yo soy una persona muy modesta…”.
Es posible que muchos de nosotros nos alejáramos de la filosofía entrillada por entonces entre escolasticismo dominante y la metafísica minoritaria del propio Zubiri, que en su libro “Sobre la esencia” consiguió reparar incluso a los entusiastas de su “Naturaleza, Historia y Dios”. La herencia de Ortega, castigada en nuestra universidad con la displicencia o elogiada hasta el paroxismo, según, ocupaba de modo vago aunque brillante ese campo de la reflexión, fuera del cual no encontrábamos más que reliquias postmedievales. Algunos de nosotros, saprofitos de nuestros respectivos maestros, logramos incorporarnos luego a su exclusivo Seminario donde, al menos quien escribe, descubrió sobre su aportación a la teoría del conocimiento. Modesto y discreto, Zubiri fue nuestra gran referencia un poco mítica y en torno a él vivaqueó lo mejor de nuestra inteligentsia, desde Laín a Marías pasando por Maravall o Díez del Corral, sin que su obra, desde luego, penetrara más allá de un reducido círculo de espíritus inquietos. Dicen que nadie ha recogido su testigo. No sería yo quien sostuviera lo contrario.

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