Dicen que el turisteo de nuestra ciudades va pidiéndole ya al cochero solícito que lo acrece a conocer la mansión de Roca en Marbella o la de villa con arcángel que posee ‘Sandokán’ en Córdoba, tal como hace unos años le pedía en Sevilla que lo acercara a las posesiones de Juan Guerra y hasta a la librería de su hermano para satisfacer su inexplicable y malsana curiosidad. ¿Qué habremos hecho los andaluces –los de a pie, quiero decir—para tener que soportar este oprobio sin parangón posible? En Cataluña, en Galicia, en el País Vasco, en Valencia, en Navarra o en Madrid no entran en catálogo estos itinerarios de la vergüenza que aquí nos hemos dado traza y modo a que hagan furor, como si las corrupciones fueran una especialidad regional en vez de un mal genérico que afecta a medio mundo y gran parte del otro medio. Habría que plantearle esa pregunta a nuestros responsables aún sabiéndonos por adelantado sus previsibles respuestas.

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