La propuesta de legalizar el uso industrial de una enzima procedente de vacas y cerdos, la trombina, para conseguir productos cárnicos recompuestos a base de trozos de desecho sobrantes del proceso de fabricación, ha sido rechazada en el Parlamento Europeo, contrario a que se legalice esa trampa comercial para consumidores con bajo poder adquisitivo, pero sobre todo a que se dé gato por liebre recurriendo a la capacidad persuasiva de la confusión nominal sobre la base, tautológica aunque rotunda, de que “un steak es un  steak y un jamón es un jamón” y no otra cosa. ¿Qué sería de este mercado persa si el almotacén cerrara los ojos dejando al mercachifle atento sólo a su beneficio? En verdad, no habría de faltarle tajo a esa Cámara se decidiera a plantarse ante el timo generalizado que permite una industria cada día más temeraria en el empleo de sucedáneos y, sobre todo, ante la estafa que supone una publicidad engañosa que ofrece por sistema lo que no es como si lo fuera, igual si se trata de un zumo de naranja que si la oferta se refiere a un fármaco, pero lo más probable es que nadie entre nunca a saco en este terreno en el que fragua la evidencia de que el Mercado funciona más sobre el fraude que sobre la verdad. No es menester ser tan bobo como el presidente boliviano para entender que un pollo “fabricado” en serie y  a base de enzimas en una granja nunca equivaldrá en el plato a un pollo criado libremente en un corral, lo que no implica que nos pleguemos ante la lógica de un consumo cuyo pragmatismo resulta cada día más alarmante. Un steak es un steak: más allá de la razón cualitativa puede estar, llegado el caso, la racionalidad nominalista.

 

La desconfianza ante la libre oferta se está convirtiendo en un signo de este tiempo. Poca gente consumiría hamburguesas convencionales si conociera la normativa de su fabricación y menos aún, por descontado, si pudiera contemplar su proceso productivo. Por eso se puede ver en este plante de los europarlamentarios un gesto, siquiera testimonial, para frenar el ímpetu de una lonja en la que la mercancía debe cada día menos a su naturaleza, hasta el punto de reclamar esa explosión tautológica para la voladura controlada del proyecto de fabricar solomillos falsos y entrecots de pacotilla. El consumo masivo ha impuesto el fraude, reservando en exclusiva lo genuino para una élite progresivamente reducida. Desde la Edad Media se viene diciendo que la cosa (el universal) no es una entidad real sino la voz misma, el “flatus vocis”. En Estrasburgo acaba de redescubrirse lo que Occam inventó hace muchos siglos. Sus Euroseñorías no tragan, en este caso, con toda razón.

4 Comentarios

  1. Pues ya era hora , porque por ejemplo el chocolate “solo” tiene que tener un porcentaje de cacao ( quitando azucar, leche y demas añadidos normales…) para poder llamarse chocolate y así tengo la impresión que montones de cosas. Nos timan oficialmente. y todos tan contentos.
    Un beso a todos.
    ¿ qué pasa hoy que estan odos ausentes?¿ Hará calorcito en España y andan todos por la playa? Suerte que tienen, aquí no para de llover.

  2. Tengo un amigo que le pone peros a las hamburguesas poniendo como excusa el proceso de fabricación (tal como usted hace) pero resulta que luego se infla a paté corriente, salchichas y bollería. Por otra parte, creo que dejaríamos de consumir muchos productos si supiéramos cómo se hacen, incluidos tantos que pasan por saludables. Pero supongo que nada escapa al alcance de la ideología: decimos “hamburguesa” pero en realidad queremos decir “franquicia americana”.

  3. “…para entender que un pollo “fabricado” en serie y a base de enzimas en una granja nunca…”

    ¿De enzimas? ¿ein?

    ¡Madre mía como está el periodismo!

  4. Nos timan oficialmente y sin duda Marta. Os dejo este enlace que un análisis crítico de la publicidad de los zumos de Don Simón, por poner un ejemplo. Como no aprendamos a ser críticos, vamos de culo!

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