La decisión de Obama de sustituir en los billes de 20 dólares la efigie del presidente Jackson por la de la mítica Harriet Tubman ha sido cortada en seco por decisión de Trump. No habrá cambios en ese billete en unos cuantos años reservados aún a la memoria de aquel mandatario brutal que arrinconó a los cheroquis al tristemente célebre “sendero de lágrimas”. Trump venera, al parecer, al déspota y no ve con buenos ojos que se ilustre el dinero con un rostro negro que pertenece, además, a una heroica activista contra la esclavitud, y menos para sustituir a un expeditivo mandatario con toda probabilidad más próximo a su ideal político y a su concepto social. Otra cosa resultaría sorprendente en el bárbaro que patrocina el muro mexicano.

La verdad es que la libertad, tan exaltada, nunca dejó de levantar reservas incluso en los espíritus más elevados. Pienso en el énfasis que ponía Platón frente a lo que él llamaba “libertad excesiva” –es la eterna cantinela que fragua en el binomio “libertad-libertinaje”, ya saben–, una caución que resuena aún en Pascal y que, diversificada en diversas propuestas, se arrastra por doquier hasta nuestros días para avivar el rescoldo de un supremacismo que sería inútil disimular en la sociedad americana y me temo que no sólo en ella.

La vida de la Tubman, tan arriscada que avecina la leyenda, constituye un ejemplo tan colosal que difícilmente superaría la costra pragmática propia de la mentalidad actual, mucho más permeable a la sugestión de un presidente “formato John Wayne” que a la atracción de de un “revival” del espíritu de Lincoln. Trump no es una excepción en un momento histórico como el que vivimos ni una rareza en una galería de mandamases sobresaltados por el tono apocalíptico del masivo reajuste poblacional que está experimentando el mundo, sino un eslabón más del vasto impulso reaccionario que prospera en la propia Europa, donde la opinión pública gimotea estremecida ante la foto atroz del padre y la niñita ahogados en el Río Grande pero apenas dedica un correcto mohín al drama provocado por un bárbaro como Salvini en aguas de Lampedusa.

No nos confunda la grosera patanería de Trump –un enésimo supremacista de estricta observancia– ni la camuflada ferocidad del moderno esclavismo que la Organización Mundial del Trabajo calcula integrado por nada menos que 40 millones de criaturas y que vienen denunciando a coro desde el Vaticano, la FAO o la Guardia Civil. Montesquieu, con ser quien era, dijo lo que seguramente no recuerdan quienes prodigan su cita: “El azúcar sería demasiado caro si no se forzara a trabajar a los esclavos”. ¿Lo ven? Trump es un palurdo soez que prefiere en su billetera la efigie del  temible Jackson a la cara humilde de la heroína.

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