El racismo gana terreno en Italia (¿sólo en Italia?), todo indica que con la anuencia de las alturas. Ya conté mi impresión del gueto de Padua, un espacio cercado de un muro metálico de casi cien metros de largo por tres de alto, dentro del que se recluye desde hace años a sus vecinos, en su mayoría inmigrantes llegados a esa rica región. Pero luego han ocurrido muchas cosas que prueban que no se trata sólo, ni mucho menos, de proteger al ciudadano de presuntas actividades delictivas, sino de rechazar de plano a los extranjeros pobres. ¿Cómo explicar si no que nadie haya movido un dedo después de que el vicepresidente del Senado, Roberto Calderoli, se refiriera a la ministra negra –italiana nacida en el Congo—, Cecilia Kyenge, calificándola de orangutana? Un “ario” de la Liga del Norte se acercó a ella hace poco para desearle una violación y grupúsculos de extrema derecha se dedican a reventar sus intervenciones públicas colocando a la entrada de la sede correspondiente muñecas sangrientas de tamaño natural o lanzándole plátanos al escenario desde el que trataba de dirigirse al público en pleno mitin. No es posible dudar de que en Italia se cuece un clima racista y xenófobo realmente impropio y, desde luego, intolerable, una democracia europea, pero tampoco cabe dudar de que esa actitud crece al socaire de la evidente connivencia de una autoridad asustada por el auge de la inmigración masiva y por imágenes como la de la reciente tragedia de Lampedusa. Llevaba razón Magris cuando decía que el racismo latente precisaba muy poco para exteriorizarse. Y, por ejemplo, arrojar bananas a una ministra negra.

Frente a esa canallada se vive en el país una cierta reacción –en la que hay que incluir la enérgica protesta del papa Francisco—que se esfuerza en explicarse al menos la índole y el origen de esta calamidad moral, y de ella retengo la idea de que el racismo italiano bien puede ser una herencia de la aventura colonialista cuyo fiasco generó en el psiquismo colectivo cierta pulsión reactiva contra el “diferente”. Yo creo que, en cualquier caso, que lo que ocurre en Italia no es tan diferente a lo que está sucediendo en una Francia donde un diputado llega a afirmar impunemente que Hitler no habría liquidado suficientes “roms” o en una España donde los hinchas futboleros hacen el mono para ofender a los jugadores negros. Gide puso el dedo en la llaga cuando pontificó que mientras más tonto es el blanco, más tonto le parece el negro.

3 Comentarios

  1. El hombre es un lobo para el hombre (se dijo mucho antes de Hobbes), y es verdad. Cualquier desgraciado rechaza a otro ser humano por ser de piel diferente o simplemente por inmigrar para buscarse el pan. ¿Y España? Pues igual que Italia o que Francia, Inglaterra o Alemania. La idea de que todos los hombres son iguales, aportación del cristianismo histórico a la cultura occidental, es sólo una idea.

  2. Difícil, muy difícil y espinoso el tema que abarca al menos dos grandes aspectos: el rechazo al diferente y la integración de este en el mundo nuevo al que llega. En el primer caso se impone la tesis gregaria: se teme al que no pertenece al rebaño, que viene –se piensa– a disminuir la ración. Ya escasa hoy. En el segundo aspecto, el recién llegado sin más riqueza que sus manos, y podría ser que un trozo de hash para empezar a vivir, no pocas veces se emplea en activdades marginales cuando no abiertamente delictivas.

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