La sentencia del Tribunal de Estrasburgo estableciendo que el juez Liaño fue condenado por un tribunal, el TS, que no era “ni independiente ni imparcial” ha reproducido en este país demediado la polémica que en su día se saldó con aquella decisión, pero ha venido de demostrar con claridad meridiana la tesis de quienes defendimos entonces y lo hacemos ahora sobre la ventaja de los poderosos a la hora de medirse ante la Justicia. Para empezar hay que recordar que no es sólo el Supremo la instancia que queda severamente censurada, sino el Constitucional que avaló sus tesis dando por bueno el procedimiento, doble sanción que remece con violencia el montaje judicial español, víctima de la estrategia partidista hasta extremos ya intolerables. He oído a este propósito, por supuesto a algún detractor del juez Liaño, que nadie manda más en España que un juez, postulado que el propio caso que ahora se zanja desmiente de modo rotundo dejando en evidencia que la Justicia tiene poco que hacer en España cuando tropieza con poderosos bien ubicados en la órbita del poder político. El triste safari organizado contra el juez Gómez de Liaño, al que se llegó a insultar incluso en la persona de mujer, trata de reabrirse ahora nuevamente, con la diferencia de que ya no es posible dudar de que quien llevaba la razón procesal era él, como no lo es repararle el daño infligido. Un juez de la Audiencia Nacional condenado por prevaricación es una noticia grave, sin la menor duda, pero una sentencia superior declarando a los dos tribunales supremos de la nación parciales y dependientes constituye, sencillamente, una deslegitimación irreparable del todo el sistema que precisará de todas las reservas de filisteísmo habidas y por haber para salvar la situación. Eso sin contar con que ya no sabemos quién manda de verdad en España, no sólo porque el Tribunal Supremo ya no lo es, sino porque resulta patente que los poderosos fácticos (Polanco, González, los Albertos, Prado y tantos otros) pueden hacerse un sayo de la capa de esta mediatizada Justicia.

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Ayer mismo se ha planteado en la cumbre de la Moncloa la renovación de los órganos judiciales decisivos como si se tratara una cuestión política, un pulso entre los dos grandes partidos, gesto que confirma la firme decisión de ambos de mantener el actual juego de mediatizaciones que está en la base de esa “dependencia” y de esa “parcialidad” que denuncian los jueces europeos en nuestras más altas instancias jurisdiccionales. Y ese designio va a consagrar un sistema en situación crítica no sólo porque cuente con dotaciones ridículas sino porque, nada menos que en lo más alto de su estructura bicípite, la política ha penetrado hasta privarlo de sus condiciones morales básicas. Tiene problemas difíciles, no cabe duda, un sistema que acaba de soltar a un inocente tras trece años de prisión, que, de manera escandalosa, ni siquiera le reclama el producto de una estafa a dos magnates que lograron enredar hasta que su delito prescribió o que hace posible, al no ejecutar una vieja sentencia, que un pervertido incontrolado rapte y asesine a una niña. Lo de Estrasburgo, sin embargo, es harina de otro costal, porque a quien inhabilita ética y moralmente no es a un juzgador aislado sino a la representación mayúscula del poder judicial. Mientras los jueces sigan siendo del PSOE o del PP y actuando como tales, la crisis de funcionamiento de la que tanto se habla es lo de menos. Lo grave es, lógicamente, que las instancias superiores se superpongan o que ambas sean descalificadas como lo han sido, desde la instancia supranacional. Los partidos han podrido la Justicia hasta reproducir, bajo un equívoco pluralismo relativo, la ominosa sombra del tinglado que sostuvo a la dictadura. El drama del juez Liaño, con toda su dolorosa carga, no deja de ser un accidente privado. La sentencia que le ha devuelto su honor y su razón es, por el contrario, una cuestión nacional.

3 Comentarios

  1. Durísima, acertada y con una valentía que tiene distintas referencias en otros medios. Los copains del poder y dueños de la cablera y del país, éste en que vivimos, editorializan -brevemente y sin argumentos- “Prevaricó; claro que sí” . Luego concluyen con rotundidad “Liaño fue un juez delincuente”y se quedan tan a gustito. Ni una alusión a que los jueces de la Corte de Estrasburgo condenan a España por unanimidad al considerar que se violó el artículo 6.1 (derecho a ser juzgado por un tribunal independiente e imparcial) del Convenio Europeo de Derechos Humanos.

    Lo malo de todo esto es que la confianza en la Ciega de la ciudadanía -incluidos los acratoides como mi don Griyo y una servidora misma- se pierde en la sima negra del miedo. ¿Qué pasa si a mi doña Clara, tan querida, la denuncian porque le retira el móvil a un tagarno que lleva toda la clase porculizando con él? Pues que el juez puede no echarle cuenta al papá denunciante o caer en manos de un toguilla retroprogre -que sabe que lee a mi don JA y comenta en su blog- que la condene a 300 euracos por apropiación indebida, por violar el libre albedrío de la criaturita o vaya usted a saber qué otra mandanga.

    El Anfitrión se adorna con un afarolado tremendista: los dos grandes partidos vuelven a repartirse la túnica de la Ciega y vuelven a colocar a sus peones en todo sitio donde puedan: en la Roponcía, en los consejos televisionarios o donde les pete. Si esto es la democracia, apaga y vámonos. Si es la degradación de la democracia, para las próximas elecciones, las que sean, debería haber de quince millones para arriba de votos en blanco. Pero no caerá esa breva.

  2. Los albaceas del franquismo no saldrán hasta que una “fuerza” mayor los desaloje del poder de manera expeditiva.

  3. Desde luego me parece gravísimo esta condena de Estrasburgo y NUNCA me la habría podido imaginar.
    Tampoco sé nada de la cuestión de la cual se habla,tampoco creo que sea importante, porque bien lo dice el maestro en sus dos últimas frases.
    Nunca pensara que hasta ahí llegaríamos.
    Besos a todos.

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