Muchos españoles andan inquietos esta temporada ante el anuncio de la pérdida de “soberanía”, inquietud que se ha disparado bastante ante la noticia de que la UE se ha hecho con el control de nuestros bancos. ¡Menos mal!, dirán otros muchos, entre los que me cuento. La “soberanía” es un concepto complejo que apunta a finales de la Edad Media y cuaja como necesidad de los Estados nacionales que aparecen en el Renacimiento, ni que decir tiene que vinculando su concepto con la monarquía absoluta. Sólo mucho después, tras la Revolución Francesa, se hablará de “soberanía popular” para diferenciarla de la del Estado, pero es obvio que cualquier relación firme establecida con entidades foráneas comporta una limitación de esa facultad omnímoda. ¿Será que el universo europeo heredado a través de Bodino, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Rousseau, los doctrinarios y otros tantos, habrá agotado sus posibilidades ante un mundo cambiante y progresivamente global, que aconseja “federar” más o menos las soberanías nacionales? ¿No será que el mismo proyecto de UE germinado en el Tratado de Roma se ha quedado obsoleto y exige una revisión de las relaciones en el sentido predicado por el viejo federalismo? Si no hemos oído quejas en España mientras la UE nos enviaba ingentes remesas de capital con el que hemos modernizado el país en los últimos lustros, por qué inquietarse ahora por estos aún tímidos ensayos federalistas que reclaman una potencia única, con unidad fiscal, estrategias económicas y política exterior mancomunadas? Esta Europa, este mundo tiene poco que ver con el que ha durado hasta antier y quizá ha llegado la hora de dar ese paso y federarnos con todas las de la ley. Uno se siente más cerca de Proudhom o de Pi y Margall que de esta pandilla de mangantes que han reventado impunemente nuestro mundo feliz.

El futuro de Europa será federal o no será nada y, en consecuencia, el de España tendrá que pasar por un fuerte giro mental hasta aceptar que pactar soberanía no es lo mismo que perderla. De hecho se ha dicho que tras la Guerra Mundial los Estados han ido limitando sus soberanías pero hoy, en medio de la debacle, urge asumir esa cesión a nuestros socios sin perjuicio de la incolumidad de la jurisdicción interna. No es a Donoso a quien hay que volverse, sino a los Jefferson y a los Payne. Por lo demás, que le quiten las llaves de la caja a esta cuadrilla no es lo peor que podría ocurrirnos.

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