Una encuesta realizada por el Magazine de este periódico ha indagado, como viene haciendo desde hace años, quiénes son los personajes nacionales más estimados por la opinión pública y quiénes los más despreciados, con resultados que, más allá de su problemático significado y su dosis de sorpresa, no dudo en apreciar como lógicos y no poco razonables. Figuran entre los amados del pueblo la pléyade de deportistas que nos están encumbrando como nación, que no sólo acapara los cinco primeros puestos (Nadal, Casilla, Gasol, Iniesta y Villa) sino que se permite amarrar un séptimo para el entrenador nacional que se antepone así, en el sentir público, a las dos máximas figuras de la monarquía, es decir  al Rey y al Príncipe, aunque no a la Reina, en ese Top 10 que no da cabida más que a un civil, ciertamente empático, como Matías Prats. Y en el reverso, en el lado oscuro del lunario popular, ya es significativo que figuren como los más odiados tres miembros del Gobierno, incluyendo al Presidente, dos políticos separatistas y tres estrellas de la telebasura. Este es un país muy normal –es lo primero que se me ocurre—y no sólo porque estime por encima de todo a los atletas, que eso también ocurría ya en Grecia o Roma, donde Píndaro les consagró su obra y los evergetas los mantuvieron a mesa y mantel, sino porque apostaría lo que sea que esta vez la perspectiva ha dado de lleno en el clavo, que es el sentimiento que nos invade cuando vemos confirmados en el sondeo nuestra propia estimativa. ¿O es que hay personajes más amables que esos deportistas en esta nación desprovista de elites apreciables o, por el lado opuesto, tipos que más se hayan ganado a pulso la repulsa pública que los que aquí salen señalados? Vivimos un momento gris, una era mediocre, en la que el talento ni siquiera aparece en las encuestas y en el que el prestigio ha emigrado lejos de su origen. Un Rey en octavo lugar entre los queridos es mucha tela y un Presidente encaramado en el quinto entre los odiados, más todavía. La pregunta es si un país puede agenciárselas con esa lamentable idea de sí mismo.

 

No coincido con los autores del sondeo, en todo caso, cuando interpretan sus resultados como consecuencias del “terremoto deportivo”. Porque lo que nos aflige como nación no es sólo la imposición de esos triunfadores en la imaginación colectiva sino el hecho evidente de que carecemos de candidatos valiosos en las demás áreas de la vida social, que esto es un erial en el que el éxito se reduce al ámbito competitivo y la fama al efecto perverso de la introyección televisiva. Nos hemos apicarado sin remedio y eso no es un accidente ocasional sino una patología profunda.

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