La rebelión de los funcionarios es ya indisimulable y sus consecuencias, malas sin remedio. Que se hayan echado a la calle es ya no poco insólito y que estén mostrando tanta constancia permite confiar en que de este brete salga, de manera paradójica, una profesión más consciente de la necesidad de su independencia. Por graves que puedan ser los intereses particulares en juego, Griñán se equivoca al mantener este pulso que no puede acabar bien y que, en cualquier caso, ya ha averiado, quien sabe si irremediablemente, una relación –la que tiene que darse entre la Función Pública y la Política—en términos difíciles de restaurar. Ayer sábado se vio en la calle. Lo malo será cuando se vea en las oficinas.

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