Nunca he tragado con el cuento de que las naciones son seres (durkhiemianos, pero seres) que tienen su alma en su almario y, en consecuencia, su “carácter” al modo de los individuos. Mi maestro Maravall bramaba contra esa banalidad en la que veía un designio reaccionario y don Julio Caro Baroja liquidó el mito un brevísimo ensayo que se llamaba precisamente así, “El mito de los caracteres nacionales”. No hay naciones así o asao, no existen esos caracteres en los que cierta historiografía convencional y acomodaticia trata de hallar una clave mecánica para explicar la Historia. Estos mismos días me he hecho con el interesante folleto que Le Point dedica a “L’Âme ruse” en la serie que viene publicando sobre el tema (han salido ya los correspondientes al alma o genio inglés, al francés o incluso al negro, así, sin mayores matices), un repaso curioso, en todo caso, sobre importantes textos de aquella gran cultura espigados en las obras de Tolstoï, Turgeniev, Dostoievski o Chéjov sin olvidar los más recientes y comprometidos de la contemporaneidad literaria rusa. Y qué quieren que les diga, que me apunto a eso –ya viejo en Francia—de que lo del alma rusa es un invento francés y extiendo el concepto en el sentido de que, a mi entender, los demás “caracteres” no son más que otros tantos inventos románticos que han tenido, eso sí, especial fortuna popular hasta convertirse en esa suerte cultural imperecedera que es el tópico. Vale, admito que resulta tentador hablar de la pulsión mística o brutal del espíritu ruso, o bien ceder, por lo que respecta a nosotros, en que seríamos, en fin de cuentas, un país de sádicos (Milton habló de la “crueldad española”, por citar sólo un caso), pero es obvio que esas generalizaciones no pasan de tales ni sirven para mucho a la hora de entendernos como pueblos y culturas.

La lectura del texto del que hablo sugiere, más bien, lo contrario, es decir, que son las literaturas las que seducen a los pueblos hasta hacerlos asumir sus propuestas caracteriológicas, la del francés suficiente y chauvinista, la del inglés raro y despótico, la del alemán frío e implacable incluso consigo mismo… O sea, la teoría del espejo convincente, de la seducción mítica de esa eficacísima propaganda que llamamos literatura, y no hechos dados, realidades naturales ni Cristo que los fundó. A ver, por lo demás, cómo conciliar un alma que debería contener a Dostoievski y a Pushkin, al bestia de Yeltsin y a la delicada Ana Akmátova. No debemos hacer caso de los mitos antes de repensarlos. Y pensar un mito es ya destruirlo, como ustedes comprenderán.

2 Comentarios

  1. Pues no sé qué decirle. Ya saben que soy mú romántica y a mí aquello de que cada pueblo tiene sus más y sus menos, pués creo que es verdad. Ya Unamuno apuntó que la geografía y el entorno amasaban a los hombres. Y nadie puede negar que los alemanes hayan producido grandes músicos, poetas y filósofos, los italianos grandes músicos, pintores o escultores, los ingleses extraordinarios dramaturgos y poetas, los españoles extraordinarios escritores, pintores y místicos pero pocos músicos o filósofos. Y creo que eso es porque los pueblos, en un momento dado, desarrollan ciertas cualidades que les permiten destacar en tal o cual campo.
    También está aquello de que la lengua hace al hombre y creo que todo tiene su importancia, todo contribuye a elaborar el genio de un pueblo en un momento dado.
    Besos a todos.

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