Ahí está de nuevo, dubitativa e impuntual esta vez, la estación del otoño con su cortejo de nieblas matinales, el sol de la caricia y el escalofrío acechando en la sombra, la estación sensitiva en que el poeta veía desnudarse la vida, “la cárcel pura,/ en que el cuerpo hecho alma se enternece” en los campos desvelados por las primeras lluvias y en los jardines alfombrados de hojas muertas. ¡Cómo menguan los días, qué veloz va deslizándose el tiempo de luna en luna, de afán en afán, convertido el estío soberano en el día abreviado de nuestras cuitas! Tensan los nervios, crujen las almas frágiles aliviadas apenas por el remedio químico, acaso refugiadas en la propia nostalgia que provocan estos atardeceres pausados, hechos de azules miríficos y de rojos tachones violando la paz del malva más piadosos, o la vista crecida del regajo en torno al que levantan su yelmo amarillo las primeras matricarias y sus blandos morados la lavanda fragante. El olivar se eclipsa en el misterio oscuro del envero, la aceituna añora ya el lagar, y empuja la bellota –fruto jupiterino que Circe ofreció a Ulises– anunciando dulzuras desde su cordobán, mientras la seta emerge erguida sobre el tallo, que es todo el campo el que está alerta previniendo los fríos del Adviento. El cuerpo no es ajeno a esta lenta agonía y el nervio a flor de piel remueve las entrañas, la hojarasca enredada entre los pies, y la paz reservada, inaccesible, celada en el erizo que aguarda en el castaño, lírica víctima de la estación dorada este ánimo medroso del otoño, “encantamiento de oro” pero implacable turbador del alma. A compás de la vida caminamos, acatando su ritmo, “la excelsitud de su verdad divina”, marionetas serviles a los hilos del tiempo que nos vive imponiéndonos las leyes implacables del Gran Titiritero.

Hay leña en los hogares, llamaradas altivas de hojarasca o lentas del raigón, silencios suspendidos como jaulas vacías. ¡Qué inquietud en la paz, cuánta aguja de miedo alterando los ritmos del sueño más ligero! El otoño nos guía decidido al solsticio en que la noche breve dará paso a la vida, de nuevo el cangilón chorreando años perdidos en la noria que sube y baja eternamente. La duda suspendida va en el aire suave de la tarde y nosotros cruzamos ante ella mientras el sol se oculta y las noches acechan de nuevo en el insomnio. Amado otoño de oro que nos entierra cada año en su tumba de hojas.

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