Hay más de un personaje mediático que se ha profesionalizado en la desgracia. El padre de la niña del Alcácer logró sacar una buena tajada del tétrico asunto de su hija reconvertido en una figura habitual de la sobrecena televisiva. Lo mismo han hecho otros padres de niños infelices a algunos de los cuales le he oído yo con estas orejas que se han de comer la tierra a acusar un horrendo crimen a alguien tan conocido como Luis Solana, y el mismo camino llevaban, desgraciada pero comprensiblemente, los padres de Marta del Castillo o de los niños de Huelva perdidos en Córdoba, y algunos otros a los que el tiempo ha limado su mordiente mediática. En un artículo de mi entrañable Alfonso Ussía, leo que la líder de las “madres de Mayo” argentinas — esa Eva Bonafini multimedia que nos tuvo hasta el gorro durante años deslumbrados por su liderato, pero que enseñó la patita por debajo de la puerta dejándose querer por los etarras– ha levantado de la caja de la asociación nada menos que 28 millones de dólares despilfarrados en lujosos viajes y cómodas estancias por todo el planeta, defendiendo, por ejemplo en España, la razón de unos terroristas que no eran más que basura del aberchalismo español. Yo he visto como Hebe de Bonafini –la presunta mangante de tantísimo dinero—se la daba con queso a mi querido Jesús Quintero, uno de esos que, de cara al mal, apuestan por instinto al beneficio de la duda. Bien, ¿dónde están los 28 millones que le reclama quien fuera antiguo apoderado de la Asociación Madres de Mayo, es decir, Sergio Schoklender? Hay demasiado político viviendo del enunciado, demasiado carota que hecho de la tragedia un medio de vida, demasiado desahogado que lava el programa metiendo el siempre dudoso testimonio de un explotador del caso. Ana Bonafini fue una mujer Valente, no hay duda. Luego hemos descubierto que también era una mercachifle del dolor.

Se alzará alguna voz, tal vez muchas, contra el silogismo de Ussía, porque en este desdichado país sigue prevaleciendo el prejuicio ideológico, pero, en fin de cuentas, de lo que se trata de ver es si es verdad o no lo es que Hebe Bonafini –la heroína de Quintero y de otros bienintencionados ingenuos—ha levantado al movimiento que representa esa fortuna con la que ya podría vivir tranquilamente, con dictadura o sin ella, lo que le queda de existencia. La mediatización de la realidad acarrea estos desastres que con tanta facilidad anulan el sentido común.

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