Los alumnos de un Instituto de Lebrija han protagonizado un explicable motín en protesta por la agresión sufrida por un profe a manos de un escolar. Una más: son cientos ya las registradas y denunciadas sin que la Autoridad (y no sólo la Junta) se plante ante una chulería, por lo general impune, que está convirtiendo los centros docentes en una auténtica selva y que no es sino la consecuencia de una permisividad suicida. El profesor está alcanzando su máximo desprestigio ante la indiferencia de un Poder buenista y obsesionado por su imagen electoral y en estas condiciones no puede ejercerse una docencia eficiente. Los pésimos datos sobre nuestro sistema de enseñanza que ofrecen los observatorios más solventes, seguirán ahí, campando en la estadística, mientras la Junta guiñe el ojo a las familias y la Ley no encuentre el punto de apoyo para su imprescindible palanca.

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