El cuestionable Parlamento bolivariano está escenificando esta semana el drama de la división nacional a base de encasquetarse gorras en las cabezas diputadas. Rompió el fuego el sucesor “in pectore” de Chaves y actual vicepresidente, Nicolás Maduro, al presentarse en el hemiciclo con una gorra tricolor – azul, amarilla y roja—con la inscripción “4-F” que recordaba la fecha del golpe de Estado de su jefe de fila, y culminó con la respuesta de la oposición que se presento al día siguiente con la misma gorra pero sin fecha, tal como la que exhibió durante la última campaña el fracasado candidato de la oposición , Nicolás Caprile. Ahí tienen ya, mientras se mantiene el tabú de la agonía Chávez, la guerra de las gorras, para probar una vez más el valor del recurso indumentario en los enfrentamientos políticos y sobre todo el truco de apropiarse del símbolo nacional –esa bandera tricolor es la oficial de Venezuela—como se hizo en Francia con las escarapelas tras la Liberación. En Europa esas contiendas se han cifrado más bien en torno a las camisas, rojas en la Italia de Garibaldi o en la Rusia revolucionaria, azules o rojas en la España suicida, negras en la Italia mussoliniana y pardas en la dictadura nazi. En un color cabe toda una ideología, valdría decir que toda una concepción del mundo y de la vida, y, lo que es peor e infinitamente más peligroso, todo un polvorín de energías fratricidas como, por desgracia, hemos comprobado tantas veces. De hecho, bien saben los primatólogos que no hay nada más eficaz en el aprendizaje del simio que el uso combinado de colores. El color es el emblema minimalista de la competencia y, por descontado, también de la ferocidad, cosa que refleja el propio leguaje cuando alude a los bandos en liza por el tinte de sus prendas.

En esto evidencia el hombre su condición más primaria, su naturaleza animal, pues sabemos que, en la vida de las especies, los colores, lo mismo los propios que los ajenos, juegan un papel esencial. Todos somos, al fin y al cabo, monos eligiendo el taco verde, tordos eligiendo la aceituna enverada, abejas localizando la atractiva anémona, toros embistiendo ciegamente a la muleta diestra del rival. Las ideas, para ser eficaces, han de ser simples, instintivas y no racionales. Estamos comprobando estos días en Caraca un drama que, allá y en todas partes, hoy como en todo tiempo, la inmensa mayoría olvida que nos sabíamos de memoria.

4 Comentarios

  1. Siempre fue el valor ese símbolo político, como bien sabe usted. Es algo primaria, elemental, como identificador, una ganga a la que con facilidad se la adhiere una mena ideológica, por breve que ésta sea. La gente se mata por un color desde que el hombre es hombre e inventó eso de llevarse al campo de batalla un lábaro o una bandera.

  2. Tal vez estoy fuera de contexto. Hace diez o quince años, casi nadie por estos lares, usaba un cubrecabeza. Salvo la gente en el campo. Hoy se ven muchas gorras, algunas mascotas -me permitan el arcaísmo- y otros tipos de gorro.

    Cuando su uso era común, años cincuenta y parte de los sesenta, había unas normas de educación que regían el uso de cabeza cubierta/descubierta. Hoy la mayoría las ignoran. Y a un servidor le repatea, como vi no hace más que unos días, cómo un tipo con aire profesoral y culto, entraba en la consulta de una doctora con su gorra encasquetada. ¡Pedazo de paleto!

  3. ¡Es usted estupendo, don ja de mis carnes, por hacer que nos codeemos aquí con gente tan inteligente e ingeniosa como don Epi (o tan buena como madame Marthe). Hoy nuevamente estoy tan de acuerdo con la columna que nada tengo que agregar. Sólo, otra vez, mi admiración –y mirav que te conzoco bien– por esa curiosidad que te lleva a tantos temas, en tatas áreas, en tantas lenguas…

  4. Don Panglos, no conocía la exclamación “de mis carnes”, pero me encanta. La voy a adoptar.
    Lo de los colores es importantísimo: tenemos el partido colorado, la revolución naranja, el peligro rojo, la marcha verde,la división azul y todo un arco iris con colores todos más evocadores los unos que los otros.
    Así somos los humanos….
    Lo de quitarse la gorra ante las damas o cuando se entra en un lugar público es algo prehistórico, doña Epi, por eso a mi me gustan tanto los “viejetes”.
    Besos a todos.

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