Baja constantemente en el mercado internacional el precio de la vida. Da lo mismo que personajes  como George Clooney, por ejemplo, denuncien matanzas en Sudán o que la ONU cuadre su terrible balance mortal provocado por el régimen sirio: la vida humana no vale un duro, en especial si es innominada, si el muerto es un simple número. Que un soldadito yanqui masacre a 17 afganos no varía sustancialmente si los muertos hubieran sido veintidós; si un atentado contra los chiítas iraquíes causa medio centenar de víctimas, la verdad es que, objetivamente, no hay modo de diferenciarlo de otro atentado en el que hubieran muerto setenta. La vida no vale un  duro ni en Gaza ni Damasco, ésa es la verdad, porque nunca ha estado más claro que hoy la virtualidad del concepto de “banalización del mal” que acuñó Hanna Arendt. El recitativo de los telediarios, con su inevitable carga de desgracias y catástrofes, nos vuelve insensiblemente ajenos al valor de la vida y hace de la estadística una mera referencia ocasional sin mayor significación. Robert Merle cuenta con una frialdad que espanta y sobrecoge, en su libro atroz sobre el verdugo de  Auschwitz, la degradación de la vida y la muerte como conceptos que no volverán a ser absolutos, de qué infame manera la “solución final”, es decir, el genocidio  decretado por los visionarios nazis, acabó cifrándose en una mera cuestión técnica, en un expediente fabril. Y hoy igual, salvadas las distancias. Vemos con indiferencia lo que ocurre en Siria, las matanzas perpetradas  a la sombra protectora de Rusia y China, o lo que ocurre en tantos otros lugares africanos y asiáticos, bonzos que se inmolan desesperados, ejércitos infantiles reclutados por un siniestro  malevo al que nadie tiene interés en detener. La vida no vale un pito, a estas alturas, siempre que no sea la nuestra, siempre que entre el escenario del exterminio y nuestro cómodo mirador medie una distancia suficiente. Kofi Annan es un imbécil que hace su papel en Siria como antes en Bilbao o en otros lugares, profesionalizado en el cameleo del trajín, pero los muertos siguen amontonándose en la morgue o hacinados en la fosa común.

En el mundo postmoderno la vida no vale un chavo, ya digo, y menos que va a valer a consecuencia del fracaso radical de unas instancias internacionales incapaces de garantizar siquiera la existencia de los pueblos. En Siria, en Gaza, en el Tibet, en las incontrolables guerras africanas, no hay reglas que valgan. Es el orden internacional es el que fracasa y se viene abajo como un castillo de naipes. En reto que tenemos delante, en el mejor de los casos, es volverlo a construir.

3 Comentarios

  1. ¡Qué nos va a contar que no sepamos, buen hombre! Este “mondo cane” está tocando fondo moralmente y lo que usted decsribe es la consecuencia. Algunos confiamos (y rezamos) para que se invierta esta tendencia. Sin excesiva esperanza, debo confesarlo.

  2. La vida nunca valió gran cosa… llegado el caso. No está ocurriendo nada que no haya ocurrido siempre a la Humanidad. La diferencia es que ahora nos sirven las imágenes en vivo y en directo. Terrible, desolador. ¿Por quéno nos escribes lirismos y curiosidades de las tuyas?

  3. En la línea de los comentado por don Pangloss, quizás sea la sobre exposición del hombre actual a la barbarie y al “overkill” la que nos fuerza a mirar para adelante.

    Pienso que esta ataraxia de la que nos hablaba Baroja en el Arbol de la Ciencia es algo natural, inherente a la vida misma, a medio camino entre el encanallamiento (ver a esos terroristas riéndose en la sala de juicio, o esos chistes sobre Marta del Castillo) o por simple instinto de supervivencia, como la de esos padres atribulados pero aliviados tras el accidente de autobús en Suiza, tras confirmarse que su hijo no está entre los fallecidos. Saludos cordiales.

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