Se me queja un amigo probado de su desolación ante el resurgir de la derecha que mejor que nada expresa su invasión del terreno de nadie que siempre hubo entre las dos manos de la polaridad. Le contesto, también desde la izquierda, que a mí lo que me quita el sueño no es tanto ese resurgimiento como nuestro despiste. Pocas cosas teme hoy tanto un espíritu de izquierda como que le pregunten en qué consiste –hoy—ser de izquierdas frente a lo que supone mantenerse conservador. Y ¿por qué será eso? Bueno, yo no lo sé, sinceramente, pero una vez que en una cena madrileña le planteé la cuestión al presidente Ibarra –el que se movió en la sombra el 11-M y siguientes, para entendernos—me contestó que ser de izquierda era trabajar “para resolver los problemas a la gente”, panacea programática que se diluye en su misma ambigüedad. El expresidente Borbolla suele decir con más sorna y retranca que de lo que se trataría es de “hacer cositas”, o sea, nada de zambombazos ni utopías, nada de revoluciones copernicanas o de las otras, sino progreso menor y concreto, mejora pian pianito de la suerte del personal. No sé, insisto, aunque estoy en mis trece, desde luego, de que ninguna de estas respuestas tiene que ver con lo que tradicionalmente la teoría entiende por izquierda, esa postura articulada en una concepción del mundo y la exigente axiología derivada de ésta. En la educación, por ejemplo, la hemos pringado sin remedio aplicando un cierto humanismo ilusorio derivado de la permisividad ácrata que puso de tiranía el 68, cuando por las paredes parisinas hizo furor el ultrajacobino eslogan de “prohibido prohibir” que acabó llevándonos a donde nos ha llevado. Si hoy un tío como Sarkozy puede arrancar ovaciones exigiendo restablecer el uso antiguo de que los alumnos se pongan en pie cuando el profe entra en clase es porque otros, durante un cuarto de siglo largo, hemos triturado hasta convertirla en fino polvo la indispensable noción de disciplina. La derecha, ya lo ven, puede vivir tan ricamente sin más que agacharse en la vieja huerta rival y recoger las coles abandonadas.
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No se trata, por tantas razones, de perpetuar el absurdo dilema conceptual sobre si existe o ha periclitado la oposición clásica izquierda-derecha. Se trata más bien de aceptar que no hay ojo humano que distinga ya con propiedad entre los programas de una y otra, que no hay quién tenga pupila capaz de leer en la letra chica del progresismo confeso cosa distinta de la que podamos hallar en la derecha convicta. Sarkozy por ejemplo. A uno puede engorilarle más o menos doña Ségolène (a mí, sin ir más lejos, mucho más que a sus camaradas de partido, que han tratado denodadamente de hundirla en la miseria), pero no me pidan que eche en saco roto –como observador progresista, quiero decir—su proyecto de dignificación de la docencia, su apuesta por la “moralización del capitalismo” o la propuesta de reconciliación del laicismo con la libertad religiosa. Oigo a este “duro” decir lo que dice del trato que merecen los terroristas y me apunto, mal que me pese, a su tesis; lo escucho reclamar la exigencia de las obligaciones sociales junto a los derechos, y le pongo un nueve en mi contabilidad particular. Seguro, además, de que habrá una legión de sufridos profes españoles que habrán suspirado al enterarse de la mera posibilidad de unas aulas en las que el respeto no sea optativo sino obligatorio y la disciplina deje de ser un juego burocrático para convertirse en requisito de la enseñanza profunda. ¡No quiero ni imaginarme ante una urna frente a los retratos de ese Sarkozy que no es mi opción teórica y de una madame Royal, tan efectista en los sondeos, pero a la que todo lo más que logro sacarle en limpio son ambigüos rumores de un reformismo que los sociólogos de los 60 (Gorz y cía) llamarían, peyorativamente, “no reformista”. Ellos mismos militan hoy entre el ecologismo y el éter, no les digo más.

14 Comentarios

  1. Mi sobrino, treinta y tantos, doce o catorce de docencia, me dice cómo le tratan sus alumnos ‘muy buenos’: “Tío, te he hecho un trabajo -luego tal vez fusilado de la Wikipedia- sobre los Austrias que te cagas. Cuatro folios y repasando la ortografía”.

    “No te asustes, tía Epi -me aclara- eso es un alumno bueno. El regular te tira encima de la mesa dos estropajos que algún día fueron folios, pintarrajeados e ilegibles. El menos de regular ni se levanta de la silla donde está medio tumbado. ‘No m’ha salío ná de eso, profe. Otro día’. Y el malo, huy, no hay alumnos malos, doña Cándida me libre, grita desde el fondo de la clase ‘No m’ha salío de los cojones hacer ese trabajo de mierda. ¿Passsa algo?”

    E la nave va.

  2. Ah, se me pasaba. El paganini es el pringao de la Wiki, al que luego le pueden dar la del tigre en el patio o en los lavabos.

  3. Como sigue el festejo por la distinción al jefe, no me queda sino asentir a lo ya dicho: falta disciplina y su recuperación por la derecha francesa –como ya intentara tímidamente la española– es más necesaria que nunca.

  4. Me daba con canto en los dientes si en el Juzgado se impusiera la misma norma: ¡el reo de pie, que fantasía! El sueño de la razón produce monstruos, como ustedes saben.

  5. Ese es el problema, querido amigo, que se mantenga el debate sobre qué tendencia política debe sentirse más obligada (o menos) a reafirmar la disciplina. jagm suele citar con sorna a Ivan Illich. Los que en nombre de este sabio iluso destrozaron la ensañanza peinan hoy canas y cobran retiros blindados mientras sus nietos fuman en clase y se pasan por el arco a los que tienen que enseñar.

  6. Tampoco es eso colega, que hay mucho tío pasao en el cole y en el insti, pero también mucho profe carroza que no entiende nada. Un canuto grande para todos sería la colución o si no por lo menos dejaría tranquilita a la barra.

  7. Lamento esta idiocia recidiva, jefe, y le felicito por lo suyo. Se lo merece y seguro,a demás, que ha levantado ampollas como balones. Enhorabuena.

  8. Hoy debemos alegrarnos todos de corazón, porque a nuestro Maestro (JAGM) se le ha nombrado ‘Hijo predilecto’ de Huelva. ¡Enhorabuena!

  9. Hablé esta mañana con nuestro amigo jagm, y me lo encontré, lógicamente, entre uan entrevista y un reportaje más diez llamadas de felicitación. Pero enseguida se bajó a ras de tierra y comprendí que este tío no tiene arreglo: estaba conmovido y furioso por la ejecución brutal del hermano de Sadam Husein y dispuesto a tronar en la columna. El carácter no se doblega así como así a los honores. Entre mis viejos amigos, de pocos puedo enorgullecerme como de ja cuando lo sorprendo en estas actitudes.

  10. Creo que ho se nos escapa la intención segunda de gm, mostrar los corrimientos ideológicos y estratégicos entre la derecha y la izquierda, un tema que él conoce bien (vuelvo a recomendar un inencontrable lobro “Hablar con propiedad”, irónico desde el título). Por supuesto me uno al homenaje colectivo con la exyrañeza de que ARV, tan vinculado a Huelva, haya sido de los últimos en enterarse. ¡Cosas de Rectores!

  11. Ayer creo que me expliqué muy mal y ustedes perdonen. Lo que quería decir, y conste que no tengo el honor de conocer personalmente a don Jose Antonio, sólo sé de él lo que me puedo imaginar leyendo cada día sus columnas, es que las distinciones, los galardones y las medallas no deben importarle mucho y no creo que le interese coleccionarlas. Ahora, que sienta un amor profundo por su patria chica, sus columnas son testimonio repetido de ello.
    De lo que más me alegro es del buen gusto de Huelva, y del hecho que quizás, la influencia de este hijo suyo aumente fuertemente.
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    De que se haya borrado hace tiempo la línea que separaba tradicionalmente la izquierda y la derecha, que lo que necesitamos no es una politica ni de izquierda ni de derecha sino valiente, imaginativa y de sentido común, eso hace años que me parece evidente.

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