Grandes son las revelaciones que nos está brindando la crisis de esta “gripe china”. Tan grandes, que es posible –quiero creerlo, al menos— que, tras ella, muchas cosas de siempre , algunas inimaginables hasta antier, sean substituidas por otras nuevas, no sólo en el terreno de la sanidad pública sino en otros muchos ámbitos de la vida social. La experiencia histórica nos permite el recelo, sin embargo, de que ni los espantosos quebrantos actuales basten para enmendar la conducta humana y mucho menos, si cabe, la política. La memoria colectiva es flaca y suele amortizar con rapidez los males pasados que durante la crisis prometió erradicar. Nada esencial cambió tras las  plagas en la Grecia de Pericles, en la Florencia de Bocaccio, en el Milán de los Borromeos o en la España medieval  o la de los Austrias, y es probable que tampoco cambie entre nosotros tras la que hoy nos aflige. Pasada la crujía, los flagelantes volvieron siempre a sus conventos y la vida siguió su curso.

Hay cosas, eso sí, que sería injustificable que no cambiaran. Para empezar, la difundida idea de que la sanidad pública es un capítulo presupuestario ruinoso que, en consecuencia, es menester recortar. “El cielo puede caer sobre nuestras cabezas, pero no creo que vaya a venirse abajo ahora”, se decía en el ambiente de Astérix el Galo, conjetura que ha sido siempre la piedra miliar de la práctica política. Pero estos días estamos comprobando que sí que cae inesperadamente, ¡vaya si cae!, para sorprendernos desprevenidos. Claro que en la vida pública, que no tendría que parecerse al imaginario del comic, ocurre también que estos sustos nos pillan siempre con la sanidad encomendada a cualquier pretendiente, como se ha demostrado ya en nuestra democracia y bajo todos los partidos. No le faltaba razón a quien dijo que la política sanitaria –para entendernos, el ministerio de Salud y las consejerías autonómicas— solía ser, como la de Cultura, una “maría” cuyo desempeño podía encargarse a quien se terciara sin necesidad de mayor cualificación. No es cosa de dar nombres ni de recordar situaciones, pero los españoles saben de sobra que esto ha sido siempre así. La experiencia de esta crisis nos ha hecho ver la inepcia de sus responsables políticos, pero también la extraña inopia de unos científicos cuya opinión ha girado, como las veletas, ante cada racha estadística. Quizá el mejor legado de este enigmático virus sea el convencimiento de que si la política en general requiere con urgencia una dignificación, la sanitaria exige que, en adelante, sea confiada a expertos que conozcan sus complejidades en lugar de encomendarse temerariamente a los amigos políticos.

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