Reciente están las memorias de ese Giscard octogenario que parecen escritas más que nada para ronear de un ligue con la mismísima lady Di y evocar una noche de delicias tras las rejas de Kensington, pero estos días acaba de ver la luz el primer tomo de las memorias de Chirac –otro de la “quinta”—que, bajo el título “Chaque pas doit étre un but”, nos ofrecen una batería de confidencias entre las que el mandatario hoy imputado por la Justicia destaca sus amoríos juveniles en los “campus” universitarios y un amor frustrado con una rubia de Carolina del Sur al que se opusieron tanto su familia como la otra, aparte de revelarnos que durante la mili perdió la virginidad con una puta argelina, asesorado por un oficial, como debe ser. Los políticos parecen haber descubierto en estas íntimas revelaciones algo así como un mérito viril que la opinión pública –tan generosa, por cierto, con ambos confidentes—habrá de tener en cuenta para mejorarles la estima, si es que no se lo toma por la tremenda y acaba preguntándose qué coños le importan a la mayoría silenciosa los trajines presidenciales. Cuentan que Franco fue un témpano, que Hitler tampoco gastaba mucho, que Lenin le jugó sus pajarracas a la Krupskaya como Gandhi cultivaba sus ninfas mientras su mujer hilaba pacientemente en la rueca, que Sartre se encerraba en su despacho con admiradoras y que Marx se liaba a hurtadillas con las criadas, cierto, pero todo eso lo sabemos por oscuras leyendas inverificables y nunca por confesión propia. No sé por qué, pero me da el pálpito de que el “efecto Carla Bruni” está haciendo estragos en el imaginario macho de unos próceres que, instalados en la tercera edad, ciertamente, no están ya para mucho rentoy.

Ninguno de estos faroleros podría, si hubiera caso, con el viejo Mitterrand al que cualquiera pudo ver dando cuenta de un codillo en ‘Lip’ o zampándose unas ostras en “La Coupole” acompañado de sus novias incidentales, y a cuyo funeral asistieron, variablemente desconsoladas, dos familias por falta de una. Aunque en todo caso lo que choca es el hecho mismo del roneo que, lejos de acercar el personaje a la estimativa pública, me temo que apenas logre ya provocar una irónica sonrisa. ¡Venirnos con una novieta lejana o con un alarde prostibulario en esta era licenciosa! No faltará quien piense que el viejo huye campo a través de esos jueces que van a sentarlo en el banquillo de un día para otro ni quien atribuya la pamplina a un pulso con el principesco farol de Giscard, pero en ambos casos, De Gaulle, en sus buenos tiempos, les hubiera mandado el motorista al uno y al otro.

11 Comentarios

  1. Caprichos de jubilata, narcisismos de magnates: ellos más ´machos que nadie, a ver qué se creen. Ridídula exhibición, más propia del Congo de Mobutu que de la Francia de estos pájaros. Lo del “efecto Carla Bruni” está muy bien ideado.

  2. Todo mayor que se precie -y aquí en este casino me temo que hay una mayoría que apura la quinta o sexta juventud- de vez en cuando se tira un folio contando batallitas de su ingle. Salvo nuestro Reverendo capella´n que hace poco reafirmaba su voluntario celibato y un servidor juraría y pondría ambas manos en la brasa que es de esos curas que nunca disfrutó barragana.

    Pero una cosa es farolear en el club de pensionistas o en la reunión de provectos y muy otra eso de ponerse a escribir lo que está más en las nubes de lo ilusorio que en los terrones de la verdad. Que un susodicho proclame su desvirgue en manos de una experta era en una época tan corriente como fumar el primer cigarro. Algún púber iba al prostíbulo de la mano de su progenitor. Lo del príncipe Giscard y la alocada -y preterida- Diana suena a más falso que las monedas de tres leuros.

    Tonterías, las precisas.

  3. Pues yo sñi creo que esas “revelaciones”, tartándose de personajes que han tenido al mundo en sus manos, resultan f´rivilas cuando no idiotas, como en lel casod e Giscard, que encima hablaba de una difunta. Creo que jagm apunta a la almendra del narcisismo, que no dispensa ni a los grandes personajes. En sí mismas, las confidencias no tienen importancia, pero viniendo de ellos resultan impropias y, en los dos casos citados, ridículas.

  4. No sé por que se extraña sel interés de la gente por esos líos de los peces gordos. ¿Acaso no ve usted la tele? Si lastrapisondas de la Esteban interesan, por que no van a interesar las de tíos interesantes y podrosos como Giscard o Chirac? Una noche con lady Di siempre será más interesante que un revolcón con un torero ochentón, no le parece?

  5. No es nueva la vanidad masculina, el casanovismo. Lo raro es que a la hora del balance, cuando hay que elegir entre tanta memoria porque no cabe en el papel, esos grandes líderes no tengan mejor preocupación que pavonearse marcando paquete. En este blog hay más de un varón exitoso y nunca he percibido esa tendencia, ni siquiera cuando nuestra añorada Mendozina le recordaba al anfitrión tiempos lejanos…

  6. Humano, demasiado humano. No me endafan a mí estas exhibiciones aunque ruego a lo Alto que me libre de esos ridículos. Muy de acuerdo con los comentarios anterioes, especialmente con el de Marga. Lo del torero ochentón también es de traca.

  7. DEbilidades humanas, en efecto, queridos amigos. Duos nos libre de la vanidad, sobre todo de la terminal…

  8. tiuuu!, ¡tiuuu!, ¡tiuuu!

    “Ten presente que los hombres, hagan lo que hagan, siempre serán los mismos” (Marco Aurelio)

    Con lo mal que llevan algunos la vanidad, lo digo por la cantidad de cabriolas que tienen que hacer….

    tiuuu!, ¡tiuuu!, ¡tiuuu!

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