La casa que Pepe Hierro tenía en Titulcia, –“a ocho leguas de Madrid”, como decía él– rezaba en su sencilla portada un nombre desconcertante: “Nayagua”. Los amigos, los americanos sobre todo, solían preguntarle por el significado del sugerente topónimo creyéndolo eco de alguna voz trasatlántica, pero el poeta los desengañaba al explicarles que si se decidió a nombrarla así no fue sino tras comprobar, con tanto empeño como desencanto, que en la finquilla no había agua: ¡“Nayagua”! Desde la casa encaramada en la parte más alta podía verse, en efecto, un secarral en cuyo fondo, a fuerza de fuerzas, entre él y su yerno habían conseguido un mínimo huerto. Nunca he conocido un personaje con tanta fuerza icónica, ni hombre más sencillo a pesar de su condición eminente, con el que tantas veces compartimos a mesa y mantel el privilegio de su talento.

Su vida, que solía referir con frecuencia en breves pero intensos girones, habían sido dura, por no decir implacable, teniendo en cuenta que incluía desde su edad más tierna experiencias como la cárcel (su prisión y la de su padre) o alguna fabulosa travesía forzada España a través, el desempeño de trabajos humildes y, sobre todo, la impronta de una honda herida de postguerra. Jamás le oí hablar con rencor, nunca quejarse: si nos relataba aquellas duquitas era siempre en la clave de una pedagogía conciliadora como quizá no he vuelto a encontrar. ¡Ah, los domingos en “Nayagua”, con Pepe bregando ordenadamente ante su paella –alguna vez contando con la presencia del entonces Príncipe de Asturias–, trajinando sin reposo ni prisa como anfitrión apasionado! Y luego su voz grave, también transida de una pasión contenida, desgranando versos propios y ajenos, ante la mirada comprensiva de Angelita y la cordialidad de todos.

Por completo ajeno a la contienda literaria, muchos lo tuvimos por poeta primerísimo de su rica generación, desde aquella poética laboriosa –no se crean el cuento de la “facilidad” de su mano— que confundía armoniosamente su sentir dolorido, la experiencia profunda de su desvivirse, con la alegría de vivir, sencillamente, verso a verso, la paz por divisa  y el mundo por montera. Reencuentro sus ojos insomnes, sus cejas fáusticas, el eco de su voz pausada en “Cuanto sé de mí”, en el “Libro de las alucinaciones” y, ya en rotunda madurez, en los sonetos del “Cuaderno de Nueva York”. El tiempo nos trae el recuerdo de los grandes amigos. También, en casos como el de Pepe, el pálpito cálido de un cariño que los mantiene presentes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.