En uno de los relatos contenidos en “Gog” dejó hablar Giovanni Papini, allá a comienzos de los años 30, a un excéntrico millonario que un día decidió comprar un país. La idea era quizá todo menos una metáfora, porque la Historia está repleta de millonarios que actúan, en la práctica, como auténticos dueños de países, dicho sea en la perspectiva marxista de la función estrictamente mediadora del Estado respecto del poderío económico. No es preciso ser marxista, sin embargo, para aceptar esa imagen del plutócrata en un mundo en que, cada dos semanas, los magnates compiten en la revista “Forbes” o en “Fortune” por escalar sus famosos ránkings. El poder del dinero no se implica hoy en operaciones tan delicadas como la compra de países porque anda ya sobrado de instrumentos de control económicos y políticos capaces de someter a su capricho las decisiones públicas. ¿Para qué correr riesgos si, para dominar, al Estado le basta y le sobra con superar la propia productividad de los países? Un reciente informe nos descubría hace poco que ocho empresas españolas y otras diecisiete multinacionales facturan ya anualmente cifras superiores al PIB de países como Bosnia, Malta, Portugal, Albania o Kuwait, como es el caso, respectivamente, de Visa, Netflin, Appel, Tesla o Amazon.

¿Me creerían si les digo que el Corte Inglés supera hoy en beneficios a Libia, Mercadona a Nepal, el BBVA a Estonia, Inditex a Paraguay o el Santander a Panamá? Un país como Chile tiene poco que hacer, a la hora de competir, con la Wolkswagen y la propia Bélgica se reconoce tan inferior en rendimientos a Walmart como el Líbano a Repsol. ¡Gog sería un precursor pero no hay duda de que, en este momento que vivimos, acaso sería también un pringao, teniendo en cuenta que el presidente de Telefónica decide hoy más que el de Luxemburgo y el de Coca-Cola más que el boliviano.

El dinero es, sin duda, el Gobierno en la sombra, y no solamente en relación con países pequeños y medianos sino, con toda evidencia, también con las grandes potencias. ¡A ver si no iba a ir tan descaminado Marx, al menos en su profecía sobre el dominio progresivo del capital! No hay más que contemplar –con la lógica inquietud, por supuesto— el crecimiento diario de la nómina millonaria en China y, en menor medida, en India, pero sin dejar de dedicar alguna mirada a nuestra paradójica imagen dual de país arruinado con tantos millonetis, en el que los jubilados claman por sus míseras pensiones y los sindicatos mendigan la subvención al poder de turno. No somos los más pobres pero nuestros ricos destacan cada día más. ¿Será que algo no funciona en nuestro apedreado sistema?

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