Veo que aún colea en la opinión italiana el negro asunto del fin de las Brigadas Rojas. Se saca a relucir cada dos por tres eso de que el Estado tiene o debe tener “el monopolio de la violencia”, venga el concepto de Hobbes, acaso derivado de Maquiavelo, pero olvidando que Max Weber añadió al proverbio ya clásico un adjetivo radical: “legítima”. La sociedad se funda en la violencia latente, en la conciencia generalizada de que sobre la libertad del ciudadano planea impertérrita la sombra de la violencia estatal. Ahora bien, ¿es posible esa legitimidad en la práctica política en la que el Estado –me temo que todo Estado—tiende instintivamente a desbordar sus límites? Yo no lo sé, pero sí que soy consciente de que durante mi vida he visto a los Estados europeos recurrir a la violencia ilegítima una y otra vez: al alemán en el vidrioso asunto de los JJOO de Munich o en la matanza en la cárcel de la banda Baader-Meinhof; al francés, con motivo de la voladura terrorista del barco de Green Peace, allá por los mares del Sur; al italiano, fracasado moralmente con estrépito tras el asesinato de Aldo Moro y el posterior pacto entre el PCI y la DC para acabar por las bravas y de una sola tacada con aquellas Brigadas insensatas al Norte y con la Mafia al Sur; al británico, en el que hasta cupo que la señora Thatcher reivindicara ante su Parlamento la acción terrorista de sus servicios secretos en Gibraltar; al español de los 80, aquellos “años de hierro” que dejaron al Estado, tristemente, con las vergüenzas al aire, tras los asesinatos de un GAL que González y Rubalcaba decían que no era sino un invento de este periódico. Hannah Arendt coincidiría con Trosky, desde perspectivas antípodas, en que la violencia es una especie de “arjé”, de principio de la naturaleza de la sociedad organizada.

El progreso humano debe mucho a ese poder organizador pero debe aceptar, a cambio, que el Terror acecha sin remedio bajo cualquier Poder. Lean a Hobbes, al propio Locke, a la Luxenburgo o a Sorel, y verán como todos, por activa o por pasiva, acaban coincidiendo con Maquiavelo. “Leviatán” no admite códigos: los impone. Y por eso ha habido tantas democracias terroristas como seguramente seguirá habiendo. La especie –petrificada políticamente en el Neolítico– no ha sido hasta ahora capaz de garantizar de verdad ese monopolio legítimo de la violencia por parte del Estado.

6 Comentarios

  1. El Podes es imprescindible, su abuso parece que inevitable, y ello desde la más remota Antigüedad. SE dice que el Poder corrompe y al Poder Absoluto, corrompe absolutamente.

  2. Hay abusos unas vces, otras falta lo que se llama mano dura. Tenemos, por desgracia, demasiados ejemplos de lo primero y de lo último.

  3. Criticar al Poder es muyb viejo. Es como si decimos quen el pan es malo porque su ingesta desproporcionada seguramente nos enfermará. Seamos coherentes.

  4. Viejo tema, e intrincado. En mis tismpoe estudiantiles leíamos la «biblia» de Bertrand de Jouvenel, ue hoy me parece bastante intragable. Pero en toda época ha habido teóricos al servicio del Poder y críticos abiertos de sus excesos. Fraga escribió un libro para apoyar el Poder absoluto de la dictadura –¿recuerdas ja y demás conmilitones– que se llamaba paradójicamente «La crisis del Poder». Si ja quisiera podría dxedicar unan columna a lo que nos pasó a unos cuantos, incluidos él, a causa del fastidioso libro del gran Patriarca de la Derecha adaptable. No querrá, seguro.

  5. Estoy segura de que don ja no confunde el Poder con la Autoridad, porque lo conzoco bien, pero pudiera darse el caso de que haya quien coja el rábano por las hojas. Me ha gustado la contundencia de la crítica y como siempre la cultura y la información del autor.

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