Conviene comparar el obligado sofisma que empleo el presidente Chaves en el Parlamento –no hay tantos pobres, venía a decir, sino personas que viven en el “umbral” de la pobreza—con la crítica severa lanzado por el Arzobispo de Sevilla, cardenal Amigo, reivindicando una adecuada y justa conceptuación del pobre y del “sin techo”, un criterio alejado de los tópicos en que se apoya para justificarse la inepcia política. Los datos son concluyentes y tremendos, diga lo que guste Chaves, y las condiciones de los marginados son cada vez más desdichadas, lo que no deja de constituir una curiosa paradoja tras un cuarto de siglo de un “régimen” de izquierda que se reclama “socialista obrero”. Que la propia Iglesia denunciante podría hacer mucho para paliar esa tragedia es tan cierto como que la Junta no debe esperar ayudas a la hora de remediar ese fracaso social básico sino actuar con sus propios medios. Un cuarto de siglo es mucho tiempo para seguir con las prórrogas o con los sofismas. Y una sola noche al raso, con el estómago vacío, más todavía. 

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