Una limpiadora de autobuses granadina ha devuelto a su dueño un bolso extraviado que contenía una pequeña fortuna. Lo ha hecho, según ella, porque su conciencia no le permitía adueñarse de lo ajeno, es decir, todo un clásico de la prensa que, como es obvio, posee sus filias y sus fobias, pero no caprichosas sino, de algún modo, compatibles con la moral y la estética social imperante. Es un clásico, ya digo, de la prensa sensible, en el que el protagonista debe ser pobre por definición si aspira a la honradez, y un  clásico sexista, pues ese concepto ennoblecedor es más propio de machos que de hembras, para a las cuales, según don Julio Cejador, no consiste más que en “la honestidad y el recato”. El honor y la honra no son una misma cosa, aunque en ello insistan tan ilustres filólogos (ni Cejador ni María Moliner incluyen en sus repertorios la voz “honor” sino que lo remiten a lo dicho en “honra”), porque el primero es valor que concierne a varones de alta condición social mientras el segundo suele aplicarse al gineceo y atenido sólo al comportamiento sexual. Lo de pobre está tan claro que el maestro Covarrubias, en su “Tesoro”, dice que “Honra y provecho no caben en un saco”, y no hay más que ver los funambulismos picarescos o los de García Valdecasas a propósito del honor hidalgo –es decir, del noble venido a menos– para verlo claro. Y en cuanto a lo de la atribución sexual, lo sabe cualquier lector de Calderón e incluso de Lope, convencidos ambos de que –encumbradas e idealizadas damas aparte—la honra de la hembra ha de buscarse de cintura para abajo mientras que la del varón, incluso si va de paranoico, le basta con ostentarla en la cabeza. Noticias como la del pobre o la pobre que dignamente devuelven lo que la fortuna puso en su camino, más que confirmar la virtud de esos héroes morales, lo que hacen es prestarle cuerpo a esa suerte de pedrea honorífica, de estirpe inmemorial pero de definición romántica, que siempre le puede caer en lo alto a un tieso fiel a su conciencia.

Lo más que puede hacer alguien del común para decorar su dignidad es asumir idealmente la axiología patricia, hacer suyo, sin serlo, ese severo código que antepone el deber a la oportunidad y eso, lo que ha hecho nuestra Palmira Díaz, es, en consecuencia, una acción memorable pero también un claro ejercicio de enajenación moral, de asunción de valores prestigiosos pero ajenos. ¿Por qué serán más fanáticos de la propiedad privada los que menos tienen frente a los preferidos por la fortuna? Llevaban razón los viejos revolucionarios cuando sostenían que la honradez en el expoliado no deja de ser un gesto reaccionario de sumisión.

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