Una seria campaña contra el foie gras, que viene desarrollándose hace tiempo y que incluso cuenta con una oenegé consagrada a defender su prohibición, ha forzado al presidente Hollande –como si esa criatura no tuviera cosa mejor que hacer estos días—a pronunciarse a favor de mantener la producción de esa delikatessen que, entre otras cosas acaba de ser prohibida en California. La sensibilidad postmoderna puede hacer compatibles la inhibición ante genocidios y masacres, asumir la explotación de la infancia y el olvido de la ancianidad, pero no se tiene en pie cuando de lo que se trata es de luchar franciscanamente en defensa del hermano toro o de la hermana oca, proponiéndose el final de esos grandes crímenes “contra natura” que, sin embargo, son tradición antiquísima en nuestras sociedades. Pone los pelos de punta leer el manifiesto contra ese negocio en el que se describe con calculado dramatismo el martirio de esos volátiles alimentados a la fuerza y sin consideración alguna hasta lograr que el exceso de comida aumente en diez veces el tamaño de su hígado, los daños provocados por las maniobras granjeras consistentes, como es sabido, en introducir un tubo por la garganta del ave que hace contraerse el esófago y casi provoca la asfixia del animal, prácticas intolerables contra las que luchan denodadamente los partidarios de implantar una ética de la alimentación y, si me apuran, una moral antitaurina. Curioso: los mismos que defienden la abolición de la pena de muerte en ese Estado norteamericano con el argumento de que su ejecución resulta muy cara, se oponen ahora con uñas y dientes a que sus ciudadanos consuman un manjar que hace sufrir a los patos, tal como aquí hacen pavorosas campañas contra de la crueldad de nuestras corridas. Comprendo ese humanismo animalista pero echo de menos que no incluya con el mismo fervor entre sus protegidos a nuestra propia especie.

Numerosos reglamentos obligan hoy al ganadero a cuidar del bienestar animal instando desde la abolición de la cría estabulada del pollo hasta la captura de las ballenas en mar abierto y la costosa protección de especies en peligro. Es como una victoria tardía del franciscanismo pero limitada a todas las especies menos a la humana, a pesar de ser ésta la más castigada de todas. Focas, rinocerontes o linces gozan hoy de activos abogados de oficio. Sólo el pobre “homo”, entre “sapiens” y “demens”, se queda solo en el banquillo.

4 Comentarios

  1. Este mundo está perdiendo el juicio. Estas “sensibilidades” se reservan para causas menores en comparación con otras. ¡Pobres patos, pobres ocas! Si esa crianza ocurriera en un país primitivo seguro que la encajarían en la Tradición intocable.

  2. Diga usted que si, don José antonio! Y con lo bueno que es el foie gras! Ellos se lo pierden!
    Besos a todos!

  3. Es la necesidad, tantas veces, de la autocomplacencia: Si seré un espíritu elevado, que me solidarizo con ese animal que sufre para deleite de unos cuantos que pagan un dineral por ver morir al hermoso toro, cosido en aceros o por sentir la textura, el aroma y el exotismo de ese hígado enfermo de una pobre oca, pero exquisito en el paladar.

    Háblenles de las penurias en Cuba, de los niños soldados en África, del esclavismo en los sótanos proletarios en la China riquísima o de los matrimonios amañados de impúberes con viejos seguidores del profeta. Tal vez se encojan de hombros y confiesen que no pueden dedicarse al mismo tiempo a eliminar tantísimas injusticias como habitan el planetilla. Y se quedarán tan panchos.

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