A un servidor no le ha sorprendió un pelo la declaración de ese funcionario alemán que ha declarado no haber dado un palo al agua durante catorce años. También en la nuestra hay funcionarios que no la doblan m mientras la mayoría no se ve las manos y eso es siempre responsabilidad de los políticos que mandan. Conozco muchas situaciones de funcionarios mano sobre mano –y no me tiren de la lengua—por decisión de esos mismos responsables y muchas más que demuestran que la función pública no es tan buen oficio como dice la leyenda. Por eso me ha llamado la atención los demagógicos pronunciamientos del ministro de Hacienda, mi apreciadísimo amigo Cristóbal Montoro, al recurrir a esa muletilla de que los funcionarios han de ganarse día a día el puesto ya que ganar la oposición, por fuerte que ésta sea, no confiere el derecho a la pereza de que hablaba Paul Lafargue, sobre todo porque Montoro es también funcionario y de un cuerpo, el de catedráticos universitarios, que no ha sido tradicionalmente, al margen de cuantas excepciones haya que hacer, el mejor ejemplo de laboriosidad. Pues ¿y eso de que los funcionarios deben ir olvidándose del cafelito y de leer el periódico que ha lanzado como pedrada en vidriera el secretario de Estado de Administraciones Públicas, Antonio Beteta, que tal vez se explique porque él mismo no es funcionario sino un profesional de esa la política a la que no se accede por oposición sino digitalmente? Recuerdo cuando Guerra, nada más llegar al macho, dijo aquello de que iba a “meter en cintura” a los trabajadores públicos, aunque lo que hiciera, en realidad, no fuera otra cosa que inflar la nómina hasta los extremos insostenibles en que ahora se encuentra. Lo único que mete en cintura a los funcionarios (como a cualquier trabajador) es el ejemplo de la superioridad, lo demás son cuentos. Conozco a pocos funcionarios ociosos teniendo tarea. Políticos haraganes los conozco a manojitos.

Si en la España clásica se limitaba el futuro del nativo a militar en “Iglesia, Mar o Casa Real”, en la que construye el modelo canovista y sigue vigente, pasó a ser un simple instrumento al servicio del clientelismo caciquil y en esas estamos. Ya pueden decir Montoro y Beteta lo que quieran, en esas nóminas figuran dignísimos trabajadores junto a vagos sempiternos que el mando político consiente por lo que lo consiente, y ni a estos los va a disuadir una amenaza tan mal fundada como es prohibirles el asueto del desayuno, ni a aquellos van a necesitarla para funcionar que un baranda refunfuñe. Larra hizo un mal servicio al disparar a bulto contra la ventanilla. Casi dos siglos después aún no hemos aprendido apuntar la carabina.

10 Comentarios

  1. Me parece que contra los prejuicios viejos es inutil luchar. Contra los funcionarios ha estado siempre la gente en una España en la que el ideal de la mayoría es serlo.

  2. Como seguro que usted sabe, el comentario –título del artíc. de Larra– se refería no sólo a los funcionarios sino a muchos otros ciudadanos españoles. Sería bueno que lo aclarasa si tiene ocasión. Respecto al resto, de acuerdo como casi siempre.

  3. Por aquí pasa exactito. Y siempre me pregunto ¿por qué , cuando las cosas van mal, que la gasolina ha vuelto a cruzar un umbral “histórico”,( ja!), que echan gente a la calle como quien tira los desperdicios a la basura, hay que enfrentar a media población con la otra media, dividirla en dos en vez de reunir a todos y decir “todos juntos vamos a levantar la casa España porque es hermosa y es NUESTRA casa. En esto, creo que los ingleses y hasta los italianos son más realistas.
    Holgazanes, y ladrones hay por todas partes.
    Besos a todos.

  4. Las cosas en su sitio. Esas maniofestaciones han sido desafortunadas desde siempre. ¿No se darán cuenta los políticos de la imprescindibilidad dxe los trabajadores públicos?

  5. Los políticos no toman cafelitos, ni echan su cigarro, ni se van de viaje –oficial, por supuiesto– a las Chimbambas.Somos nosotros, los popbres funcionarios, los que faltamos a nuestro deber.

  6. Me siento insultado por el Gobierno. Yo creía que estos tópicos eran cosa del pueblo alejado de la realidad, pero no de un Gobierno informado.

  7. Los políticos están de paso en la funcíón pública y suelen ignorarla. No se explica el trato malo dado a los funcionarios si no es por algo parecido a un sentimiento de envidia: “.Éste se quedará cuando yo me vaya…!”

  8. Difícil ejercicio de equilibrio el que hace el autor para mostrarnos estas dos realidades: la minoritaria del funcionario flojo e indolente, a veces confortablemente instalado en el absentismo más flagrante (esto lo añado yo por verlo a diario) y la anónima entrega del dispuesto a pechar con el trabajo que le echen, y en las condiciones que le echen, con el único aliciente de un sueldo fijo a fin de mes.
    En paralelo con este equilibrio, el encanallamiento de no saberse recompensado por la entrega y la buena disposición, ni amonestado por la carencia de ambas.

    Sdos.

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