Nunca se ha conseguido, lamentablemente, que el Parlamento andaluz cobrara la entidad y el respeto que le corresponden. Y no hay mejor muestra de ello que el desdén con que ciertos responsables políticos principalísimos –desde ministros a presidentes de la Autonomía– se han negado de manera impune a comparecer ante él cuando se les ha llamado por cuestiones incómodas. Por eso la idea de su actual presidente de multar a los díscolos no hace sino reforzar esa imagen del pito del sereno que le han proporcionado los desdeñosos. Porque no debería tratarse de reformar el reglamento de la Cámara sino de afirmarlo en la autoridad que nunca tuvo. El Parlamento es el pueblo representado y no un chiringuito que cualquiera pueda despreciar.

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