A Rosa Díez la han acosado en la universidad de Barcelona, le han escupido y arrojado pintura roja cuando iba a exponer su proyecto –sus ideas—en el ámbito de la Facultad de Políticas. “Algo tiene el agua cuando la bendicen, / algo tiene el vino cuando lo consagran,/ y algo la palabra cuando la prohíben”, escribió nuestro entrañable Blas de Otero. El silencio es el arma de destrucción masiva de todas las tiranías, incluso de las minúsculas que sacan partido de la audacia con el consentimiento, activo o pasivo, claro está, de la autoridad. Así fue siempre y así fue, por supuesto, durante la dictadura, unas veces por cuenta de Leviatán y otras por la de algunos sectores oprimidos. Yo he visto pintar de verde en aquella universidad a un profesor como he visto a más de un  digno maestro acorralado por los extremistas disfrazados de “jueces críticos”, pero sobre todo recuerdo como si fuera ahora aquel clima en el que la palabra era vigilada de cerca por esos comisariados espontáneos que se investían a sí mismos desde el ilusorio derecho que le concedía su complejo de hiperlegitimidad moral, ese mal de nuestra izquierda. La diferencia es que aquellos no eran sino excesos de un sistema a presión, mientras que los de hoy son puros ejercicios de autocracia protagonizados –en inexplicable régimen de impunidad—por el fanatismo que ve un enemigo en la democracia. Ya le ocurrió a Savater, a Arcadi Espada y a otros porque hay que admitir de una vez que ni en Cataluña ni en el País Vasco la libertad está garantizada ni la universidad es libre. La imagen de esa farsa trágica nos ha devuelto al imaginario de otra época en que nuestros adversarios no eran inventados sino reales. Pero no estoy divagando sobre la anomia; estoy pidiendo autoridad en nombre de las libertades.

 

No se comprende, por otra parte, el secuestro de la universidad del espacio público por parte de esos “cuatre gats” de pelaje balcánico, porque cabe preguntarse qué sería de los derechos fundamentales en esa sociedad a poco que, en lugar de cuatro, los gatos fueran cuatrocientos. De momento, eso sí, hay que admitir que la hidra terruñera del nacionalismo tiene en un puño a la democracia hasta el punto de impedir la palabra a la inmensa mayoría, tal como la dictadura hizo en su día y con idéntica protervia. Con la venia pasiva de la autoridad y la protección manifiesta de los poderes de la taifa que son los que han instaurado y estimulan la censura del habla. Lo que no sabe o no dicen es que eso no sólo lastima a la democracia catalana sino a la española en su conjunto. Esa anacrónica pintura roja es todo un símbolo del fracaso de la libertad.

4 Comentarios

  1. Triste que tengamos que admitir los errores de nuestra hornada, pero justo y valiente. Lo de ahora es distinto, como bien dice la columna, porque en una democracia, por imperfacte que nos vaya pareciendo, no cabe sino respetar la pluralidad y la libre expresión. El separatismo, claro, es una enfermedad que no razona fuera de su paradigma ensimismado. Y creo que le han hecho un favor fenomenal a Rosa Díez al tiempo que, seguramente, han perjidicado al PP y tal vez al PSC.

  2. Hace unos años una jauría de cafres invadieron la sala de reuniones del clasuro de la univ. de Sevilla tras rompero una puertas del s. dieciocho q golpes, echaron a los claustrales y ocuparon sus puestos. Pues bien, todo el apoyo juntero y rectoral logró salvarlos de la quema que hubiera sido lógica, hasta dejar reducido el caso a agua de borrajas. Si un día se llevan por delante al propio rector que ahora legitima el copieteo en exámenes, que no se queje la autoridad académica.

  3. Veo que no interesa en el casino el tema. Una lástima, porque no se trata de un mero incidente sino, como creo que trata de indicar la columna, de un síntoma claro de la crisis que atraviesa el sistema democrático y una demostración más de la amable indiferencia con que sus responsables contemplan sus consecuencias.

  4. No simpatizo con el proyecto de Díez, que me parece más destructivo que otra cosa al margen de su beneficio personal, pero lo respeto y creo que hay que exigir a todos que se respete. Imaginen ustedes que alguien organizara en Cataluña, como en otro tiempo, “partidas de la porra” dispuestas a reventar todo acto nacionalista/separatista. ¿Vuelta a la guerra felizmente pasada? Esos cafres no merecen más que una mano dura: no como castigo, sino como defensa de la libertad de los demás.

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