En el caluroso verano del 77 un apagón sobre Nueva York nos permitió intuir ya que esta prodigiosa sociedad global en que vivimos no deja de ser un gigante con los pies de barro. Sus efectos fueron realmente fascinantes: gente atrapada en los ascensores y el suburbano, agobiantes embotellamientos, aeropuertos cerrados, saqueos masivos y miles de arrestados mientras el Gobernador decretaba en la gran metrópoli el “estado de desastre”. Se escribieron novelas, hubo películas y hasta algún musical inspirados en aquel súbito apocalipsis cuyo resultado fue una enorme factura añadida a la crisis económica y un relevo en el Ayuntamiento. Luego ha habido otros apagones que ,de algún modo, han confirmado la hipótesis sobre la fragilidad del sistema que, entre críticos y escépticos, la verdad es que ha ido asentándose más y más.

El lunes pasado se han caído también  simultáneamente nuestras hipnóticas redes sociales dejando en la orfandad psíquica a la legión  humana. ¿Qué hacer sin Facebook, cómo valerse sin Instagram y sobrevivir sordos privados de WhatsApp? La ciudad alegre y confiada ha visto desinflarse de repente el globo de una postmodernidad dentro del que se agita inocente la tribu humana, escamada ante la evidencia de que el prodigio del control remoto resulte tan frágil como imponente. ¿Pero no quedábamos en que el sistema interactivo que ofrece la llamada “sociedad-red” nos situaba a las puertas mismas del empíreo? ¿Qué fue de la promesa de que esas redes invisibles que nos envuelven son capaces de autorregularse en el momento crítico? Nos habían vendido que vivíamos en una organización social construida por redes conectadas digitalmente mediante la Internet y  que ésa era ni más ni menos la propia de nuestro tiempo, pero sin advertirnos que cualquier maniobra pirata o accidente casual podrían parar en seco nuestras vidas sin más que fundirnos los plomos.

Es verdad, o eso dicen, que hoy sería posible extirpar desde la Tierra el apéndice a un astronauta en órbita o pilotar digitalmente a una escuadrilla, y sabemos que la Biblioteca de Nínive cabría sobradamente en nuestro ordenata. Lo que no nos habían advertido es que toda esa deslumbrante feria del progreso tecnológico sobrevive precariamente instalada en el filo de la navaja cibernética. ¡Un apagón, el acoso de un “troyano”, y al carajo todo el festivo Real! El progreso humano, como tantas veces se ha repetido, no avanza imparable y en línea recta sino cabalgando a duras penas sobre el zigzag de unas imprevisibles novedades. A principios de semana pudimos comprobarlo una vez más, desconsolados ante el telefonillo inerte.

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